Por: María Elvira Bonilla

¡Que vivan los libros!

ENTRE LOS AGUACEROS INCLEmentes de las tardes bogotanas, la precaria divulgación de las obras y el altísimo costo de los libros en Colombia, la Feria del Libro de Bogotá va de capa caída.

 

La de este año, con Ecuador como país invitado, pasó sin brillo alguno. Poca gente, escasa asistencia a los lanzamientos, pocas ventas, producción editorial empobrecida, sin músculo para apostar por nuevos autores o a traducciones que le abran horizontes al universo del conocimiento y la buena literatura.

Tengo en mis manos el hermoso libro de Ernesto Sábato Antes del fin, con el que empezó a despedirse de la vida, trece años antes de desaparecer físicamente del mundo, cercano a los 100 años. Allí está en pleno la lucidez de un hombre de 86 años que ha vivido y asegura que “los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan”, con lo cual logra adentrarse en la condición humana; hablar de sus momentos límites, de sus angustias, de sus tristezas insondables, de sus frustraciones, de la desazón, sentimientos que se hacen evanescentes en el ruidoso mundo en que vivimos, de inmediatez mediática y perecedera, pero que están ahí clavados en lo profundo de cada ser humano, sin diferencias de clase ni condición, en la intimidad de los poderosos y los humildes, los exitosos y los fracasados, así no se reconozcan ni se acepten. Eso hacen los libro a través de la literatura o el ensayo: revelar, llegar a la esencia, a aquello que, como dice El principito, es invisible a los ojos.

Como lo logra Elena Poniatowska en Leonora, la biografía de Leonora Carrington, aquella inglesa que tuvo los bríos para romper con las ataduras de su clase, aristocrática y opulenta para sumergirse en la búsqueda de sí misma. Una aventura vital que la llevó a bordear una locura que sólo sanó con la creación, en la que se encontró con otros y dieron vida, sin saberlo, al movimiento surrealista. O como lo logran también, ya no a través de la literatura sino del ensayo crítico, Tony Judt en su libro Algo va mal con su reflexión sobre un tiempo disparatado y errático, lleno de equivocaciones como en el que vivimos o David Brooks con su libro El animal social, en el que arroja claves para comprender la conducta humana más allá del agotado racionalismo.

La languidez de la Feria del Libro no es más que la expresión de la agonía de la lectura como una de las experiencias de conocimiento, de enaltecimiento del espíritu y de placer que puede tener el ser humano. La lectura como manera única de descubrir mundos, de comunicarse, de interiorizar experiencias personales, de amigos o de quienes pueden llegar a serlo. Pienso con consideración en aquellos que se pierden del disfrute de la lectura, de los libros. Irreemplazables. Un ejercicio insustituible y que nada tiene que ver con el torrente informativo, abrumador, que llega a través del universo infinito de la web. ¡Que vivan los libros!

 

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