¡Qué vivan los tibios!

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Resulta que ahora el peor insulto es ser tildado de “tibio”. No me di cuenta en qué momento la tibieza fue elevada a categoría de la ciencia política. Pero sin duda esto responde al hecho de que, en nuestros tiempos, en Colombia y en el mundo, cada vez más la política se caracteriza por la polarización.

Particularmente en las redes sociales, la discusión suele reducirse a un enfrentamiento entre dos polos opuestos, usualmente extremos. O estás conmigo o estás contra mí. La realidad se vuelve binaria, blanca o negra, buena o mala, de izquierda o de derecha. El insulto reemplaza al argumento, la pasión ahoga la razón y la descalificación se convierte en herramienta predilecta. Quien piensa diferente no es un interlocutor sino un enemigo. El que no se alinea con una u otra posición, incomoda, es rechazado y genera sospecha. En este entorno político, quien se encuentra en el centro incurre en el pecado mortal de la tibieza.

Pero cuando el mundo se mira sólo en blanco o negro, no se ven todas las sombras de grises, y mucho menos el resto del arcoíris. Si cada quien llega a la conversación con ideas preestablecidas e inmodificables, ¿para qué hablar? Pierde sentido el debate, desaparece la magia creadora de la dialéctica y se extravían las posibilidades de persuadir con argumentos al interlocutor, o de ser persuadido por él o ella, o de construir conocimiento a partir del diálogo entre opiniones y saberes diferentes. Ninguna de las grandes discusiones que caracterizan la compleja realidad política contemporánea, se pueden limitar a únicamente dos posiciones. Los matices son claves y las soluciones suelen encontrarse en los terrenos intermedios.

Por ello, la estigmatización del “tibio” como un ser despreciable es injusta y totalmente equivocada.

En primer lugar, la tibieza es vital. La temperatura del cuerpo humano debe estar en término medio: si está caliente tienes fiebre y si está fría, estás muerto. En la política, es inconveniente depender tanto de personas que obran con cabezas calientes, erráticas y rabiosas, como las de cabezas frías, calculadoras y sin sentimientos. Respetar y escuchar al contertulio, sopesar argumentaciones, aprender de la ciencia, construir consensos, ponerse en el lugar del otro, son conceptos básicos de los “tibios”.

Ser de centro no tiene nada que ver con no tener principios ni posiciones claras. Todo lo contrario: los Derechos Humanos, la Democracia y la Paz, tres principios poderosísimos, son profundamente de centro. Los Derechos Humanos nacieron de la Revolución Francesa, una revolución burguesa, no de la Bolchevique, y hoy incomodan tanto a los gobiernos autoritarios de derecha como a los totalitarios de izquierda. Igual sucede con la Democracia, esa que algunos de mis amigos más zurdos peyorativamente denominan “liberal burguesa” y que, desde la derecha extrema, los Trumps y los Bolsonaros del mundo pisotean a diario. Y la Paz, que es llegar a acuerdos entre opuestos.

Ser de centro tampoco tiene nada que ver con no ser radical. Soy, por mi parte, un radical partidario de los Derechos Humanos, la Democracia y la Paz.

En el terreno programático, la social democracia, es decir la centroizquierda, también mirada durante años con desprecio tanto por comunistas como por neoliberales, está hoy al orden del día. La propuesta de la bancada alternativa en el Congreso de la renta mínima, típicamente keynesiana y asistencialista, en la actualidad es a todas luces viable y necesaria.

Ser de centro tampoco tiene nada que ver con no ser revolucionario. En nuestra Colombia de hoy, lo más revolucionario sería aplicar a plenitud la Constitución de 1991, manifiesto “tibio” por excelencia.

La tibieza como categoría suele confundirse con la indecisión, la ambivalencia o la hipocresía, que son cosas totalmente diferentes. También hay que recordar la importancia de la relatividad: no siempre la tibieza es recomendable. Hay asuntos en los cuales no caben posiciones intermedias, como el racismo, el sexismo, la violencia y la injusticia.

Advertencia final: si usted no es petrista ni uribista, corre alto riesgo de ser clasificado en algún momento como “tibio”. Pero tranquilo, nada grave. Creo que somos mayoría.

Tibios del mundo, ¡uníos!

danielgarciapena@hotmail.com

*Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y director de Planeta Paz.

 

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