Quédate en casa

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“Si pudiera irme de aquí, me iba”. Esta frase que oí de alguien hace poco debe haber sido dicha, o al menos pensada, por muchos durante la pandemia: por el adolescente al que su padre o su madre le pega por cualquier motivo, por el marido, que se da cuenta de que ya no soporta a su mujer, e incluso por el niño que sufre, además del encierro, la violencia intrafamiliar. Pero sobre todo por miles de mujeres que han tenido que convivir con un hombre violento durante el confinamiento obligatorio y que, dadas las circunstancias difíciles, no encuentran la manera de huir de la pesadilla que viven.

Uno de los textos más bellos y conmovedores que he leído durante estos meses amargos se llama “A una niña le duele el costado”, de la joven escritora mexicana Ximena Ramírez Torres, publicado en la Revista de la Universidad de México en medio de otros muchos textos sobre la pandemia. En él cuenta, con crudeza y valentía, el terror que sentían ella y sus hermanas cuando su padre estaba de vacaciones, los golpes en la cara que recibían si se volcaba un vaso o algo se salía del orden, la prohibición de las lágrimas, el imperio del miedo. Y reflexiona sobre lo que es para tantas mujeres la admonición “quédate en casa”. Transcribo: “Me acerco para darle un beso antes de dormir; pase lo que pase, así haya recibido un golpe segundos antes, tengo que hacerlo siempre: «ya me voy a dormir, papá». Él se aleja y no me permite despedirme. (…) Sale de la habitación, va a cepillarse los dientes. Regresa. Me grita: dejé algo en el baño que no debí haber dejado. Lo miro desde abajo. Me tira una patada en el costado izquierdo. Me tiro del dolor. El dolor más fuerte que he sentido en mi vida (hasta ese momento). Me quejo. Él me mira, no dice nada, no hace ningún gesto. Se hace el silencio. Me incorporo y vuelvo a sentarme sin voltear a verlo. Mi madre se arma de valor y dice: «ya vete a dormir, hija». Me levanto adolorida y lo beso en la mejilla: «ya me voy a dormir, papá». Esta vez sí acepta el beso”.

Pero sabemos que el maltratador no siempre usa la violencia física. Que existen estrategias para causar miedo, minar y someter: aislar a la mujer de su familia, vigilar y cuestionar sus llamadas a los allegados, dar gritos y portazos, crear sentimientos de culpa, y oscilar entre manifestaciones de amor y de odio, creando mensajes contradictorios que debilitan y crean dependencias enfermizas. Todas estas manipulaciones son mencionadas por Antonio Marina en su libro amplio Anatomía del miedo, y también de la humillación y la ridiculización como castigo.

En una charla reciente oí decir a una joven profesional, exitosa y segura de sí misma, que fue solo mientras hacía su doctorado en los Estados Unidos, y ya con una conciencia de género, que percibió que sus compañeros hombres subían la voz para opacar la suya cuando querían imponer su punto de vista. Y que fue allí que entendió lo naturalizadas que tenemos en Colombia las violencias masculinas. Que, aunque no lo parezca, están relacionadas con la otra violencia, esa que escribimos con mayúscula y que atraviesa la historia de este país. La misma que, como ahora, pareciera volver una y otra vez, en un atroz eterno retorno.

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