Por: Catalina Uribe

Quememos a los comerciantes

Cuando Maduro se hizo presidente, se convirtió en el rey de las sandeces. Su último apunte: “He ordenado inmediatamente la ocupación de esa red y sacar los productos, todos. ¡Que no quede nada en los anaqueles!”, dijo antes de invadir Daka, la primera cadena de electrodomésticos de Venezuela.

¿Por qué no? Ya era hora de tomar medidas para mejorar su rating y qué mejor que explotar el tradicional odio a los comerciantes.

Y es que es un oficio odioso: comprar barato y vender caro. No en vano su dios, Hermes, es también el guardián de los sofistas y palabreros, de los ladrones y mentirosos. De ahí que ‘comercial’ sea un adjetivo tan de segunda como su protector. O preguntémosle a un crítico de cine sobre una película de Resident evil o a uno literario sobre Las cincuenta sombras de Grey. Los comerciantes engañan nuestro bolsillo y lo comercial nuestro intelecto.

Unir a la ciudadanía contra un enemigo común es uno de los principios básicos de la comunicación política. Hay que declararle la guerra al mal: al neoliberalismo, al imperialismo, a los ricos, a los bancos, a los políticos, a los corruptos, a los medios, a los carnívoros y, también, a los comerciantes. Si los villanos atacan, se necesita de un salvador confrontador que defienda con su vida al pueblo.

Entendamos al oficialismo venezolano. No le queda más remedio que acabar con la ‘burguesía parasitaria’. El aprieto financiero no tiene que ver con la devaluación del bolívar, ni con el control de cambio, ni con el déficit producido por el gasto del Gobierno. Los únicos culpables son los mercaderes que le están robando el futuro a Venezuela. De ahí la gallardía de Diosdado: “si el pueblo sale a saquear, no lo vamos a dejar solo”.

 

*Catalina Uribe

 

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