Por: Juan Gabriel Vásquez

Queremos palabras, no hechos

HACE UNOS MESES VI A ROBERT Kagan, uno de los intelectuales más atinados (y no son muchos) que ha dado el nuevo conservatismo norteamericano, soltar un par de sarcasmos sobre las habilidades verbales de Barack Obama.

Ya hemos oído reparos semejantes varias veces: después de ocho años de esa catástrofe retórica que era George Bush, un tipo prácticamente iletrado e incapaz de dar un discurso sin pelearse con la gramática o con el sentido, los republicanos se han vuelto desconfiados. La oratoria brillante de Obama —que no depende, por supuesto, sólo de él: su escritor de discursos es un joven prodigio— les genera una desconfianza enorme: cuando alguien es tan bueno con la forma, piensan, seguro que el fondo falla. Queremos hechos, suelen decir, no palabras.

Para mí, sin embargo (y este es un gran “sin embargo”), Obama ha devuelto a la política la idea de que las palabras importan. Es lo que Hendrik Hertzberg, en el New Yorker, llamó “efecto Obama”: poco después del discurso de El Cairo, en el cual Obama se dirigió a árabes e israelíes en términos que ningún presidente de Estados Unidos ha usado nunca, los libaneses fueron a las urnas y dieron más votos a la coalición moderada que a los extremistas de Hezbollah. Poco después del mismo discurso les tocó el turno a los iraníes; y, al contrario de lo que predecían todos, no sólo la victoria del fundamentalista Ahmadineyad no fue arrolladora, sino que sigue sin convencer del todo, y ese aliado de Chávez ya ha tenido que recurrir a la censura y la represión violenta para neutralizar a la oposición moderada.

Nadie puede demostrar que los votantes hayan tenido en mente las palabras de Obama a la hora de votar, pero es un hecho que esas palabras crearon una situación nueva: una relación entre Oriente y Occidente, entre electores y elegibles, entre la gente en general y el sistema de creencias, convicciones más o menos racionales y prejuicios en que esa gente se mueve, sobre todo en época de elecciones. Cuando a Obama se le acusa de ser todo retórica y nada de sustancia, hay que pensar en ese discurso: sus palabras duramente críticas contra las colonias israelíes en Gaza, por ejemplo, requirieron un valor —político, sí, pero también cívico— que ni Bush ni Clinton encontraron en sus cuatro temporadas al mando.

No, las palabras importan. Todo el mundo tiene su lista de palabras importantes: Winston Churchill dice en una universidad de Estados Unidos aquello de “Cortina de hierro” y define para nosotros toda una manera de entender el mundo, aunque sus palabras no hayan hecho más que constatar lo existente. Años más tarde, Reagan se para en la puerta de Brandenburgo y dice: “Señor Gorbachov, ¡eche abajo este muro!”. El muro, por supuesto, no cayó como consecuencia de las palabras de Reagan (cuyo gobierno ayudó durante años a alimentar la Guerra Fría que mantuvo el muro en su lugar). Pero las palabras crearon una situación, una posibilidad, o más bien desbloquearon lo que hasta entonces había sido una imposibilidad, un tabú. Reagan sabía, como Obama, que lo que llamamos diplomacia no es sino el uso privado de las palabras, y que sin diplomacia se va muy rápido al desastre.

Antes de que su candidato ganara, un amigo que votó por Obama me dijo: “Queremos palabras, no hechos”. Hoy le entiendo perfectamente.

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