Por: Piedad Bonnett

Queremos tanto a Gabo

Si García Márquez, que opinaba que lo único que uno no debe hacer es morirse, hubiera podido narrar su propia muerte, lo habría hecho con el humor que le era proverbial, y con el realismo mágico que hace que todo en sus libros esté al borde de la desmesura.

Habría señalado, por ejemplo, que escogió para dejarnos un Jueves Santo, víspera de uno de los pocos días del año en que no circulan los periódicos, como jugándoles una broma cruel a sus colegas periodistas, que tuvieron que devolverse a sus puestos de trabajo y revolar en cuadro para conseguir testimonios, pues esa es una fecha en que mucha gente se encuentra semidesconectada del mundo. Y también que, si bien no llovieron mariposas amarillas ni se desató un diluvio, la tierra mexicana tembló y siguió temblando, como si manifestara también su pena.

Escribiría también que la noticia se extendió por todo el orbe, estremeciendo a obispos y presidentes y reinas de belleza y ciudadanos corrientes que por un momento se resistieron a aceptar, como en el caso de la Mamá Grande, que García Márquez fuera mortal, mientras los distintos gobiernos emitían comunicados de duelo y los políticos de siempre, aquellos del eterno blablablá histórico, declaraban su pesar en mensajes previsibles, con palabras previsibles. Y que, como en Colombia estamos, no faltó tampoco la mala leche de unos cuantos, entre ellos la de una congresista sin luces que lo condenó públicamente al infierno —¡qué elegancia, qué don de la oportunidad, qué agudeza!— por sus tratos con Fidel, el único de sus contemporáneos que, efectivamente, parece tener el don de la inmortalidad.

Todos los días mueren escritores famosos, actores que han acompañado nuestras horas, hombres de Estado respetables, pero pocas veces vemos que esas muertes susciten un pesar tan evidente y declarado como el que ha desatado la muerte de Gabo, como cariñosamente le decimos los colombianos. ¿Por qué? No creo que tenga mucho que ver con su personalidad, poco conocida más allá de sus amistades, ni con el hecho de ser un Premio Nobel o un hombre con unas determinadas ideas políticas, que, entre otras, le granjearon muchas críticas; y ni siquiera con el hecho de ser, de lejos, uno de los escritores más importante de los últimos cien años. Creo que su muerte nos duele así porque sentimos que estamos profundamente agradecidos por las horas de felicidad que sus libros nos han dado, y porque el universo entrañable de sus personajes nos pertenece de manera entrañable. En ellos nos reconocemos como en un espejo, con nuestras dichas y nuestras miserias, seamos colombianos, o polacos, o chinos. El coronel que alimenta el gallo del hijo muerto; Úrsula, “a quien nunca se le oyó cantar”; Pilar Ternera, “cuya risa espantaba las palomas”; el Patriarca, que llora detrás de las puertas su soledad de siglos, hacen de algún modo parte de nuestra vida, y de paso nos revelan a su autor como alguien con una profunda intuición y una comprensión amorosa de sus semejantes. Pero, sobre todo, con una capacidad de revelar a través del lenguaje la entraña de las cosas, de las almas, de nuestra historia, como sólo puede hacerlo un gran poeta.

 

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