Por: Humberto de la Calle

Querido Barack:

VOS ERAS EL TIPO, MI VIEJO. HAcía mucho tiempo no veía tanta inspiración y compromiso público en la política norteamericana. Tú eras el nuevo dirigente que combinaba en una sola persona el espectro de las angustias y anhelos de los norteamericanos.

Un paso más en una integración racial que todavía encuentra resistencias, un liderazgo joven, distante de los intrincados manejos de Washington que confunden a la gente y le dan a la política ese detestable aire de sospecha. Se dijo de ti que carecías de experiencia, sobre todo en el terreno de la política internacional, porque no habías hecho parte de los equipos que han tomado en el pasado las decisiones cruciales para Estados Unidos y para el mundo.

¡Falso! Tu juventud en Pakistán, donde conviviste con aquellos chiquillos, tus amigos, que ingresarían luego a las más radicales brigadas espirituales del Islam, te daba la sensibilidad y la comprensión de los fenómenos que agobian a la humanidad y a tu país, mucho más profundas que las que se derivan de esas visitas en las que serios y casposos políticos se bajan del jet oficial, suben a la limusina blindada, beben whisky en los alfombrados salones de las embajadas gringas y regresan al avión a tomar una siesta de regreso a casa. Tú no eras como ellos. Los rostros de las hordas de muchachos humildes del subdesarrollo, no eran sombras difuminadas por el blindaje grado cuatro, sino caras tangibles.

Eras el tipo, Barack. Fresco, optimista, noble, inspirado, creativo, inédito. Eras nuestro Luis Carlos Galán. En ti, todo era esperanza y nada pasado.

Pero te dañó la política. Esa que obliga al compromiso, a la concesión, al truco.

Cuando nuestro senador Robledo se opone al TLC, yo discrepo, pero le creo. Su oposición se enraíza en lo profundo de sus ideas. Lo respeto. Tú, querido amigo, has llegado allí acompañado de un defecto imperdonable en un Mesías: la mixtificación. Porque en el fondo de tu alma sabes que tu problema no es la vida de los sindicalistas colombianos, sino los votos que te agencian los poderosos sindicatos gringos y los dólares que enriquecen las arcas de tu campaña.

Si me dijeras, querido Barack, que te opones al TLC porque tu decisión es proteger a tus conciudadanos en momentos de recesión, te entendería. Respetaría tu postura. Pero no vengas con el cuento de que eres un boy-scout transnacional. El problema de los sindicalistas colombianos es cierto, pero eso te desvela muy poco frente a tu verdadera preocupación, los votos para tu campaña.

Conozco de múltiples acciones públicas y privadas, conducidas lealmente por norteamericanos en beneficio de los derechos humanos y de la seguridad de los trabajadores. Las comparto. He visto iniciativas del propio Departamento de Estado, que Colombia ha recibido de manera positiva. Pero quiero decirte, mi viejo, que colocar al comercio exterior como un rehén de cualquier política, así sea una buena política, es un acto de imperialismo, ese mismo que tú dices censurar.

Y, por fin: dijiste que es el Gobierno colombiano el que mata sindicalistas. Es una macabra afirmación que te convierte en un político profesional en plena cacería de votos. Tu catadura es la misma de ellos, pero tu cuadro es más inquietante, porque al menos ellos no usan el disfraz de la falsa quimera.

Por fortuna para ambos, querido amigo, no puedo votar en Estados Unidos.

 

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