Por: Marianne Ponsford

Querido Bryce

El Premio Fil de las Letras es el reconocimiento más importante que se da en América Latina a la trayectoria de un escritor en idioma español.

Se anuncia cada año en septiembre y se entrega a finales de noviembre en el marco de la Feria del Libro de Guadalajara, la más importante de la región y una de las más relevantes del mundo editorial, tras la de Frankfurt y la de Londres.

Hace un mes, el jurado anunció que este año el premio era para el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique.

Y se armó la de Dios. Académicos mexicanos enviaron una carta de protesta al jurado y le pidieron reconsiderar su decisión, ya que a Bryce se le comprobó hace tres años que había copiado alegremente largos párrafos de otros columnistas en nada menos que 15 columnas de prensa, por lo cual el Instituto de Defensa de la Competencia y la Propiedad Intelectual del Perú le impuso una multa de 28.000 dólares.

Hace dos días el jurado respondió que no, que no piensan revisar su decisión. Que ellos premiaron el aporte de Bryce Echenique a la literatura y que la acusación de plagio en sus columnas compete al ámbito penal y no a un jurado literario.

El caso es interesante porque una vez más pone en evidencia que en el campo de las letras y las artes se tiende a confundir constantemente el premio a la conducta con el premio a la obra. Y talento y moral se entrelazan con incómoda frecuencia. ¿Debe esto ser así? ¿Debe castigarse una obra si se reprueba una conducta? ¿Hay que revisar caso por caso? ¿Depende? Pues sí. No creo que haya absolutos.

Quienes protestan saben bien que Bryce no plagió su vasta y estupenda obra literaria. No existe la más mínima sospecha de plagio sobre su adorable novela Un mundo para Julius, ni sobre La vida exagerada de Martín Romaña, ni sobre El hombre que amaba a Octavia de Cádiz. Sus memorias (No me esperen en abril) son un gozo para el lector en el que el plagio es un perfecto imposible. Uno no puede plagiar el recuento de su propia vida. Por lo tanto la protesta busca que se castigue lo que consideran una conducta inmoral.

El plagio en sus columnas fue acto de vejez. El mundo literario sabe que las novelas tardías de Bryce no son muy buenas. Que el escritor se extravió en el alcohol, y en la huida desesperada de quien ya no sabe si es europeo o latinoamericano. Si está mejor aquí o allá. El siglo XX (al que yo pertenezco) ha admirado profundamente la mezcla de refinamiento y delincuencia como cualidad del artista, como asegura el académico James Lasdun en un ensayo. Y Bryce Echenique encarna a la perfección ese ya moribundo arquetipo. Pero entiendo la palabra delincuencia aquí como desmesura, como irreverencia, como rechazo extremo y rebelde del statu quo. Como una forma de admitir que la vida es una constante derrota y de evitar el mal gusto de creer que uno ha triunfado.

Yo estoy con el jurado. Bryce ha escrito unas novelas magníficas, y el premio es a su obra, no a su conducta. Los premios literarios no son juicios morales. Pero aún si lo entrañan, con mis excusas para con los eticistas, yo creo que a Bryce hay que perdonarle todos sus errores. Que los arquitectos de la moral, que abundan en el medio, dicten sentencias edificantes. Yo, mientras tanto, celebraré el premio de un escritor que me hizo querer la literatura, de la única forma en la que mi alma tolera el reposo: con un tequilita reposado.

 

 

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