Por: Mario Morales

Quién, cómo y cuándo

La premisa es entender los debates como piezas del complejo universo de una campaña y no como la prueba de fuego.

Si bien su puesta en escena contribuye a la emoción del espectáculo mediático de la política, parte de la responsabilidad de periodistas y medios es hacerles entender a las audiencias que la finalidad es sólo poder confrontar las propuestas en voz de los candidatos. Hacerle el juego al repentismo, como en los concursos de belleza, es hacérselo a la frivolidad, a la forma y negárselo a la democracia.

Los debates, como todo en comunicación política, tienen un timing, esto es, unos tiempos con arreglo a fines. Impedir la participación de todos los candidatos durante la mayor parte de la campaña priva a ciudadanos, y a veces también a otros candidatos, de ideas reveladoras, métodos ingeniosos o la directa comparación de propuestas que permiten la evaluación y la toma de decisiones.

Acudir a encuestas para filtrar la participación de candidatos en debates durante los días previos a la justa electoral es válido si las encuestas tienen resultados concordantes acerca de los candidatos más opcionados y no hay dudas sobre esas mediciones. En condiciones de transparencia, “el encuadre” en los últimos días sobre quiénes tienen más favorabilidad evita ruidos, concentra la mirada y el examen de seguidores e indecisos.

No menos importante es la metodología. Hace lamentable carrera indagar sobre temas complejos en tiempos reducidos, como forma de concesión a los ritmos de espacios audiovisuales en busca de rating. El interés general debe primar sobre el particular. No estamos en busca de sentencias o frases célebres. Necesitamos ideas sintéticas, pero completas.

Entrevistadores, bloques temáticos y escenarios deben cumplir el rol de “invisibilidad” ante las audiencias. Ni preguntas ni periodistas ni sets deben llamar la atención de los ciudadanos. Preguntas corchadoras, interrogantes light, periodistas inquisidores o melosos distorsionan el diálogo crítico y profundo que es la esencia de los debates, en los que el contenido debe superar los formalismos. El ‘qué’ antes que el ‘quién’ o el ‘cómo’. Vestuarios y entretelones deben quedar para secciones de farándula y no pueden rivalizar en prominencia o cobertura, y mucho menos desvirtuar ideas o programas.

Medios y audiencias deben preguntarse si buscan un gobernante ‘anchorman’ que responda preguntas ipso facto y con gracia o uno reflexivo que ofrezca soluciones coherentes y duraderas. Los debates son apenas un indicio emocional y de percepción. Junto con ellos el elector debe conocer y valorar hojas de vida, propuestas y coherencia. Y esa es la función de los medios.

*Analista de medios y columnista de El Espectador. @marioemorales

 

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