Por: Piedad Bonnett

A quién creerle

Poder establecer la verdad de los hechos, cuando estos comprometen a una sociedad, es definitivo: de la capacidad de dilucidación de los mismos que tenga la justicia de un país depende la confianza de su gente en las instituciones.

 Y en Colombia, por lo visto, es muy difícil encontrar la verdad. Porque ya no hay a quién creerle.

Basta examinar, para empezar, el caso Colmenares, que ahora está de nuevo sobre el tapete. Todo comenzó con un sueño, como en cualquier obra de Shakespeare o en algún cuento de García Márquez: el hijo muerto se le aparece a la madre para decirle que no murió por accidente sino que fue asesinado, que la evidencia está en su cuerpo. Y esa revelación mágica desencadena una investigación que, en vez de conducir a la verdad, lo que hace es crear una trama a la cual, como en una mala novela, se le van añadiendo elementos cada vez más oscuros y siniestros. De ese modo la verdad se ha ido haciendo cada vez más lejana e inaprensible; y mientras tanto todo va quedando en entredicho: el profesionalismo de Medicina Legal, la transparencia de los jueces, la veracidad de los testigos, la fiabilidad de los amigos, y ahora, para rematar, la honestidad de los padres, a los que un implicado, Wílmer Ayola, acusa de haber pagado a seis falsos testigos. Y todo esto explotado por los medios. Porque, como dijo Huxley, “una verdad sin interés puede ser eclipsada por una falsedad emocionante”.

Nada de esto sería muy grave si no fuera porque algunas personas han tenido que pagar con su libertad y su desprestigio esta falta de claridad, que va para años. Pero no es el único caso en el que la verdad es empañada deliberadamente, creando víctimas. ¿Qué tal el caso de Sigifredo López? ¿O el de Aranguren? ¿O el de Arango Bacci? Y yendo más atrás, ¿el de Jubiz Hasbún, cuya vida fue dañada para siempre por las calumnias de los que querían ocultar a los verdaderos asesinos de Galán? También sucede a la inversa: que aunque haya testimonios ya comprobados, los implicados se niegan a aceptar la verdad, como en el caso de Yidis y Teodolindo, que purgaron sus culpas mientras en la otra punta de la madeja los culpables de cohecho le sacan el cuerpo a la verdad.

Ningún grupo de la realidad nacional escapa a esta peste del engaño, la impostura, la calumnia y la mentira. También en los círculos intelectuales, donde podría uno imaginarse que existe más generosidad y desinterés, hay gente sucia, dedicada a enlodar a los demás movida por la mezquindad y la envidia. Y gente falsa, cuyo oficio es posar de lo que no es. Sin ir más lejos, todo parece indicar que Raúl Cuero, hasta ahora promovido con bombos y platillos como un genio nacional modelo de superación, es un paquete chileno. Así lo demuestra en cuidadoso artículo Rodrigo Bernal, antiguo profesor del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia y dueño de un Ph.D. en Ciencias de la U. Aarhus de Dinamarca: ni Cuero trabaja en la NASA, ni tiene los 50 artículos científicos ni las 13 patentes que según él lo consagran como inventor. Aunque por lo que vemos no le es difícil inventar. Ya me parecían a mí sus respuestas pobres y acartonadas. Como vemos, la mentira campea por todas partes.

 

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