Por: Catalina Ruiz-Navarro

Quién dijo miedo

Mientras en una sección del periódico se habla de la explosión del sábado en el Centro Comercial Andino en Bogotá —que dejó tres mujeres muertas y nueve heridos—, en la páginas de Economía, en una entrevista a Patricia Urrea, gerente de Salitre Plaza, se afirma que “los centros comerciales son como los clubes del barrio”. Y es cierto. Pocos espacios les quedan a las familias bogotanas, que ya les tienen miedo a los parques y que los domingos se sienten ahogadas en sus propias casas. La explosión del sábado es un ataque a las mujeres, a las familias, al derecho al ocio y a la recreación (que lastimosamente aquí van de la mano con el consumo) y una oportunidad política para sentar el panorama electoral del próximo año.

Le decimos “terrorismo” porque causa terror. Es importante que entendamos que más allá de la destrucción de la propiedad, sea pública o privada, los efectos de una bomba son poderosamente emocionales. El miedo es una de nuestras emociones más primitivas. Pueden encontrarse en todos los mamíferos: lo único que necesita un animal para sentir miedo es una tendencia a la supervivencia y el bienestar. Además, el susto habituado condiciona a los organismos y resulta muy difícil de desaprender. Los y las colombianas desde hace mucho tiempo aprendimos a tenerle miedo al espacio público, a los centros comerciales y hasta a los colegios y los clubes privados. Tenemos razones de sobra. El nuevo atentado —del que aún se sabe muy poco— en Andino en vísperas del día del padre es un recordatorio de nuestros peores tiempos. Por eso, a las 11:00 p.m. del sábado, cuando finalizó la rueda de prensa, ya no había nadie en los alrededores del Andino. La Zona Rosa, usualmente atiborrada, estaba vacía.

El miedo, como lo sabemos bien los colombianos, es una forma de conciencia aumentada: notamos cómo se mueve esa sombra, aquel ruido, es una situación de alerta necesaria, pero que sostenida resulta desgastante para cualquier sociedad. Y peor, uno de sus efectos es la sospecha, el rechazo y la segregación. El miedo nos impulsa a protegernos en un marco muy estrecho: primero se trata del propio cuerpo, luego la vida de las personas directamente conectadas a nosotros, y luego traza círculos de exiguos diámetros en el entorno social. Pensar en el bienestar colectivo, desde el miedo, es tremendamente difícil para una sociedad. Martha Nussbaum señala que en todas las sociedades “la retórica y la política trabajan con nociones de lo que se considera peligroso y hacen destacar peligros donde realmente existen, pero también construyen una percepción de peligro donde no lo hay”. Un incidente como el del Andino se puede atribuir a conveniencia para dirigir las emociones de una ciudadanía que en el 2018 importará solo como masa de votantes. La manera en que se manejen las consecuencias de este incidente será decisiva para la política colombiana, en donde el miedo siempre ha sido una suerte de viento que acorrala la llama de nuestra democracia.

Una de las cosas que han probado los recientes ataques terroristas en Europa, y especialmente en el Reino Unido, es que aún no tenemos claro cómo se pueden prevenir. Desde los 90 tenemos perros y detectores de bombas en el Centro Andino, y aún así todos sabíamos que no hay manera de hacer la seguridad infalible. Pero una reacción valiosa que se dio en Londres fue la renuencia de los y las ciudadanas a dejar de habitar su ciudad o a modificar su cotidianidad. Quizá no se puede tomar control sobre todas las amenazas, pero podemos evitar que las amenazas tomen control de nuestras vidas. Podría ser una primera vez para nuestra ciudadanía.

@Catalinapordios

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