Por: Sorayda Peguero

Quién lo diría

A simple vista parecía una indigente.

Una ancianita decrépita y malhumorada. Se sentaba en un banco del Rogers Beach Park –un vecindario de Chicago–, con la mirada fija en el Lago Michigan. Siempre estaba sola. Usaba un sombrero de fieltro, un gran sombrero de ala ancha. Nadie sabía quién era, ni de dónde venía. Según uno de sus vecinos, la mayoría de la gente no le daba ni la hora. A veces hurgaba en los contenedores de basura. Se llamaba Vivian Maier.

En el invierno de 2007, John Maloof estaba escribiendo un libro histórico sobre su ciudad (Chicago). El joven, que es un apasionado de la historia, necesitaba fotografías para ilustrar su libro. Un día se acercó a una sala de subastas. Pujó por una caja llena de negativos con fotos de Chicago que le costó poco más de 300 dólares. En la sala de subastas le dijeron que los negativos estaban con las pertenencias de una mujer. Maloof regresó a su casa y escribió su nombre en la barra de búsqueda de Google. No encontró información. Sólo sabía que se llamaba Vivian Maier.

Quienes convivieron con ella dicen que era misteriosa, excéntrica, reservada, solitaria. No tenía familia. Nunca se casó. No tuvo hijos. Vivian Maier era muy alta, de boca pequeña, pelo corto y párpados caídos. Usaba vestidos antiguos, zapatos masculinos y abrigos enormes. Caminaba dando largas y portentosas zancadas, balanceando sus brazos como si siguiera el ritmo de una marcha militar y, siempre, llevaba una cámara colgada al cuello.

Como no encontró nada interesante para su proyecto, Maloof guardó la caja de negativos en un closet. Un año y medio después, volvió a mirarlos. No era un experto, pero presentía que aquellas fotografías tenían un valor que él no lograba comprender: la belleza puede ser perturbadora. Creó un blog, compartió una selección de 200 imágenes y posteó un enlace en Flickr. Se desató la locura. Allan Sekula –historiador y crítico de fotografía– le advirtió que mirara bien: esas fotografías no eran cualquier cosa. Maloof, que ya empezaba a recibir ofertas de compra, contactó a personas que habían adquirido cajas de negativos en la misma subasta. Compró todos los negativos que pudo: alrededor de 150 mil. La historia empezó a propagarse en internet y la prensa se hizo eco. Querían saber quién era la artista que había tomado esas fotos. Maloof insistió, se empeñó en encontrar el fondo y la razón de la historia. Volvió a escribir su nombre en Google. Encontró un obituario: la misteriosa fotógrafa había fallecido un par de semanas antes. Tenía 83 años. Finalmente, consiguió hablar por teléfono con un hombre que la había conocido. Vivian Maier fue su niñera.

Era una niñera que en sus ratos libres retrataba la miseria, la alegría, lo sucio, la belleza, lo feo, lo humano. Se paseaba por los barrios más sórdidos de Chicago disparando su cámara Rolleiflex. Era una talentosa fotógrafa de calle y una acumuladora compulsiva –guardaba montañas de periódicos, boletos de autobuses, cupones, dientes de leche–. Había viajado por todo el mundo. Estuvo en Egipto, India, Francia, Colombia, México, Haití. Una de sus cartas demuestra que valoraba su trabajo. No compartirlo fue su elección. Quizás se conformaba con tener una habitación propia, su independencia, su cámara, y un secreto que la hacía sonreír con mesura.

Fue el escritor Giuseppe Scaraffia quien dijo que “los extravagantes no siempre son famosos, pero casi siempre acaban siéndolo”. Las fotografías de Vivian Maier se han paseado por galerías de Madrid, Londres, París, Nueva York, Moscú. Su vida ha inspirado libros, un documental de la BBC y uno dirigido por Maloof. Si hoy, si ahora mismo, alguien escribiera su nombre en la barra de búsqueda de Google, tendrá a su disposición más de un millón de resultados.

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