Por: Santiago Montenegro

¿Quién es el estadista?

Washington D.C. En discusiones sobre los grandes desafíos que enfrentan los países de América Latina con funcionarios del FMI, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, la informalidad laboral emergió, de lejos, como el principal obstáculo para incrementar la cobertura y consolidar los sistemas de seguridad social de la región. Pero la informalidad es también de las empresas, de las construcciones de las ciudades y de las propiedades rurales. No cabe duda de que la informalidad es la fuente, no solo de los problemas de la seguridad social, sino también la principal razón de los bajos recaudos tributarios, así como de los vergonzosos niveles de productividad de la economía. Y, donde reina la informalidad, también manda la corrupción. Casi se podría argumentar que la informalidad es la madre de todos nuestros males.

Las cifras de informalidad de Colombia dan vergüenza y hacen estremecer por sus posibles consecuencias de inestabilidad social. Hoy en día hay unos 22 millones de ocupados, de los cuales solo 7,8 millones son formales. Esa cifra se obtiene al preguntarle al trabajador: “¿Cotizó usted a la seguridad social el mes anterior?”, según las encuestas del Dane. Pero si se le pregunta: “¿Cotizó usted por lo menos nueve meses en el último año?”, la respuesta es de solo 2,4 millones. Esto quiere decir que en Colombia solo un 10 % de la población económicamente activa tiene empleos estables.

Este último dato es muy similar a los 2,1 millones de colombianos que declaran renta. Como contraste, en España, un país que tiene cifras de población y de mercado laboral casi idénticas a las de Colombia, declaran renta más de 19 millones de personas. Todo esto explica, entre otras cosas, por qué el gobierno de Colombia solo recauda un 14 % del PIB en impuestos y por qué hacen falta casi cinco trabajadores colombianos para producir lo que produce uno de los Estados Unidos.

Las políticas para combatir la informalidad son conocidas, y quienes son escépticos de sus resultados deberían viajar a Nueva Delhi y sentarse con los gobernantes y técnicos de la India y preguntarles lo que han hecho. Primero, en la India han utilizado las reformas tributarias y el IVA para reducir la informalidad. Han eliminado la exención para un gran número de bienes y servicios, y han obligado a las empresas a declarar las reconciliaciones de sus impuestos con aquellos que pagan sus proveedores y con los que pagan sus compradores. Segundo, contrario a la emisión de billetes de alta denominación, que inducen a la economía informal y a la ilegalidad, como hizo el Banco de la República con el billete de $100.000, en la India forzaron a declarar depósitos escondidos mediante el severo expediente de eliminar los billetes viejos. Tercero, en ese país se está estimulando el comercio electrónico y la bancarización mediante el expediente de un nuevo sistema de identificación electrónica para toda la población. Según The Economist, como resultado de estas medidas, millones de empresas se han formalizado, el efectivo ha caído como porcentaje del PIB, el número de quienes pagan impuestos se ha duplicado y los pagos digitales han crecido un 40 %.

Entre los candidatos a la Presidencia, ¿quién estará dispuesto a tomar este tipo de medidas, aún sabiendo que muchos de sus frutos no los verá su gobierno, sino el de su sucesor? ¿Quién será el o la estadista?

 

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