Por: Diana Castro Benetti

¿A quién le es útil el terror?

El horror no es un esbozo de la historia. Opresores con descaro suelen decidir quién tiene derecho a ser un humano digno; imponen sus abusos con actos que minimizan el valor de una persona por su color, género, saldo en el banco o ideología. Se anula a Pedro o a María para avivar, en la comodidad de una sala, el espectáculo de la iniquidad: empalamientos, magnicidios, genocidios y holocaustos que son el modo rápido y efectivo de crear basuras humanas en un siglo de modernidades y falsas alegrías. El terror devasta la libertad de existir y ante las acciones y discursos excluyentes todos estamos en peligro: mujeres, niños, ciegos, viejos, negros, gais o gitanos. Aniquilar es reducir a la nada.

Hoy, en los días del afán y la desfachatez, se hace next con el horror, se voltea la mirada y la embriaguez acaba siendo un escape a la atrocidad. Los prejuicios rotulan y vuelven amenaza lo que no lo es: el lugar de nacimiento, el acento, el escote, la fe. Excusas para la persecución y la sevicia, los asesinatos y las bombas, los hornos crematorios y el ácido en las caras. La mezquindad respalda golpes bestiales a cualquier ladrón en cualquier esquina. Actos terroristas que destruyen fronteras y que reclaman justicia por su propia mano viven del poderío de los cazadores con rifles de supermercado, de los héroes de los videojuegos y van de la mano de una falsa supremacía. Es el horror banalizado.

Todo odio se arraiga en los prejuicios y se reproduce en las arengas del desprecio; circula en las fiestas, los chistes, las redes sociales; crea trampas, obliga al sigilo, saquea el ánimo para hacer de los apáticos su mejor presa; está cerca. El terror sofoca la rebeldía y convierte la felicidad en impotencia, corroe la existencia y el ser. Así, resulta obvio que el pavor obtenga ganancias en una sociedad ávida de escándalos y donde el gánster decreta quién es el digno. Pero al horror hay que enfrentarlo con fuerza, ponerlo contra la pared, darle nombre, ojos, nariz y boca y hacer visible el daño que hace. Hay que pasar por doble tamiz las imágenes que sobre nuevos enemigos nos embute. Rechazar el horror es recobrar el aliento, indignarse es poner límites, conmoverse es caminar con otros y es no permitir el secuestro de nuestra capacidad de dudar e interrogar, de preguntarse por qué un niño de ocho años llora a su madre asesinada frente a su casa, por qué hay sociedades que levantan muros o por qué la compasión se convirtió en un cliché místico de internet.

La crueldad es posible y no puede haber complicidad ante lo abyecto. Que no se olvide el genocidio armenio, el holocausto nazi, el padecimiento de Ruanda, las masacres y los asesinatos selectivos en Colombia, las masacres en París, Utoya o Columbine y, mucho menos, el empalamiento de Rosa Elvira. Todos actos de perfidia. Larga vida a todas las indignaciones, a todas las denuncias, porque no tragar entero es recobrar el espacio propio y recorrer el camino interior como el lugar honesto de la rebeldía y la libertad. A pesar de los intentos de acallar las voces, cuestionar es la mejor manera de celebrar la vida y crear otro futuro.

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2019-08-12T21:00:00-05:00

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