Por: Juan Gabriel Vásquez

¿Quién le teme a la influencia extranjera?

Hablando de la lengua española, Vargas Llosa se refirió el otro día a la necesidad de “abrir puertas y ventanas para que las influencias extranjeras vengan a enriquecerla”.

 Algunos escandalizados profesionales vieron en esas palabras una invitación a las incorrecciones del spanglish; otros leyeron “potencias” en vez de “influencias”, y entendieron el asunto entero como una declaración política de sumisión a alguna fuerza imperialista (hay que ver el talento de ciertos crispados para leer no lo que dice el texto, sino lo que ellos quieren que diga). Vargas Llosa, sin embargo, no hizo más que reconocer un proceso natural que han sufrido todas las lenguas modernas, que son, por más que resulte repetitivo recordarlo, criaturas vivas, susceptibles de cambio y capaces de adaptarse a nuevas circunstancias. Las influencias extranjeras: sin ellas —sin ese monstruo que tanto asusta a quienes tienen una idea estática de las palabras—, nuestra lengua sería terriblemente pobre. No tendría las palabras azul, algarabía y ojalá, que vienen del árabe; por no tener, no tendría las palabras que vienen del griego, como idiota y político. Imagínense ustedes qué haríamos sin ellas en estos tiempos tristes.

Hace tres años, cuando se organizó la anterior Cumbre Iberoamericana, un periódico español me pidió una opinión sobre la manera en que el español de mis libros se defendía de las influencias extranjeras. En la respuesta que escribí estaba el párrafo que sigue. Me disculparán los lectores que lo transcriba sin apenas cortes.

“Me parece que en estas bienintencionadas inquietudes hay un gran malentendido: la idea de que la lengua literaria se comporta igual que la lengua hablada, y de que los escritores que pasan mucho tiempo en países ajenos corren el riesgo, como si dijéramos, de ‘perder el acento’. Pues bien, no es así. Mi coterráneo Fernando Vallejo lo explicó bien en el menos vallejiano de sus libros: Logoi. ‘La prosa’, dice allí, ‘es como una lengua extranjera opuesta a la lengua cotidiana’. En otras palabras, la voz con que uno cuenta sus novelas es siempre una fabricación, una invención; desde Lázaro de Tormes hasta Jacobo Deza, la voz de la ficción es una creación artificial que sólo a grandes rasgos coincide con la dicción del escritor metido en eso que, a falta de mejores palabras, llamamos mundo real. Si uno siente, como siento yo, que siempre está escribiendo en una lengua extranjera, puede sin miedo dejarse contaminar”. Y acababa diciendo que el escritor, “lejos de amilanarse por ello, lejos de sentir y temer la desnaturalización de su lengua, comprenderá que esas voces y esos ámbitos que se le ofrecen en el extranjero pueden muy bien acabar por enriquecerlo”.

Esa apertura a “las influencias extranjeras” que evocaba Vargas Llosa no es una concesión que se hace al espíritu de los tiempos (o a una apabullante realidad económica o geopolítica, como sostienen los paranoicos): es la manera que han tenido históricamente las lenguas vivas de mantenerse, bueno, vivas. El inglés, sin los largos años de ocupación francesa, no habría producido a Shakespeare; el español sin el árabe no habría sido capaz de Cervantes; Dante escribió la Comedia desde una lengua bastarda. Estarán los lectores de acuerdo en que la cosa no ha salido mal.

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