Por: Umberto Eco

¿Quién mató al sabueso de los Baskerville?

NO HACE MUCHO TIEMPO ESCRIBÍ una crítica de How to talk about books you haven't read (Cómo hablar acerca de libros que no has leído), de Pierre Bayard.

En este volumen él dice algo que todo lector sabe, o sea, que hay más libros importantes que los que una persona puede leer en una vida. También señala que la gente frecuentemente está influida profundamente por libros que nunca ha leído, pero de los cuales tiene una idea del contenido porque lo ha visto mencionado en una variedad de fuentes.

Pero la parte más intrigante del trabajo de Bayard es que, incluso en lo referente a libros que sí hemos leído, no recordamos lo que decían, sino lo que nosotros les hicimos decir al leerlos. Creo que Bayard, quien es un psicoanalista además de profesor de Literatura de la Universidad de París VIII, no está tan interesado en el problema de si la gente lee o no, sino en el hecho de que leer tiene un aspecto creativo, y uno re-creativo.

Esto me lleva a su libro más reciente, Sherlock Holmes was wrong: reopening the case of The hound of the Baskervilles (Sherlock Holmes estaba equivocado: reapertura del caso de El sabueso de los Baskervilles), en el que Bayard psicoanaliza ciertos puntos oscuros en el texto de Conan Doyle con el fin de mostrar que un lector tiene el derecho de dar significado a muchas ambigüedades o cosas que no son dichas en el texto (en la misma forma que los propios psicoanalistas lo hacen) y llegar a la conclusión de que la solución de Sherlock Holmes a ese misterio era errónea.

Hábilmente, Bayard elige un texto que realmente está lleno de puntos oscuros y en el que las observaciones no son hechas directamente por Holmes sino por el doctor Watson, a quien Bayard descarta sin más como un completo idiota. Lo que es más: Sir Arthur Conan Doyle escribió Hound después de que había descrito la muerte de Holmes, pero más tarde se vio obligado a darle vida de nuevo a raíz de un coro universal de protestas (hay algunas páginas excelentes acerca de esta forma colectiva de identificación con personajes de ficción). En consecuencia, muchos aspectos desconcertantes del libro al parecer son causados por los complejos del autor.

En 2001, Bayard llevó a cabo esta misma tarea con The murder of Roger Ackroyd (El asesinato de Roger Ackroyd), y allí también su tarea fue relativamente fácil porque el narrador es el asesino, y el lector debe tomar cualquier cosa que un villano de ese tipo tenga que decir con más de un grano de sal. Note que el método de Bayard es diferente de lo que el escritor francés Philippe Doumenc hace en su volumen reciente, Contre-enquete sur la mort d'Emma Bovary (Una contra-investigación sobre la muerte de Emma Bovary), en el que el autor toma los hilos de la investigación de la muerte de Emma para probar que ella no se suicidó, sino que fue asesinada. Doumenc añade datos nuevos a los relatados por Flaubert y es como si él hubiera escrito, por ejemplo, Pinocchietto palombaro (Pinocho el buceador de aguas profundas), que es tan sólo un libro de los cientos que han explotado las aventuras de Pinocho.

Pero Bayard no “reescribe” el libro de Conan Doyle: él lo “re-lee” a la luz de su sospecha. Y asegura que tiene derecho a hacerlo porque los personajes de ficción no sólo adquieren una vida independiente de sus autores, sino que cada lector ejecuta un texto en su propia forma —hasta el punto de que pone en duda cualquier “comunicación real entre los lectores del mismo libro porque, en realidad, no están hablando del mismo libro”.

Creo que no debemos confundir la lectura general de un texto (que ciertamente permite y con frecuencia alienta interpretaciones diversas en lo relativo a estilo, matices psicológicos y mil otras cosas) con declaraciones narrativas (tales como “Emma Bovary se envenenó” o “Pinocho fue tragado por una ballena”). Bayard muestra que tiene una comprensión excelente de los argumentos involucrados aquí.

El problema es que las declaraciones narrativas dentro del mundo imaginado de una novela son tomadas por los lectores como verdades innegables. Esta es también la belleza terrible de la narrativa; Emma Bovary se suicida y, sin importar cuánto le desagrade esto a un lector, él no puede cambiar su destino. Obviamente un lector así podría tratar de escribir otra novela en la que Emma sea asesinada, como lo ha hecho Doumenc, pero lo que da (o no da) sabor a la lectura de una nueva versión es que, pese a la aseveración de Bayard, todos están de acuerdo en que, en la Bovary de Flaubert, la pobre mujer se suicida.

Todos estamos hablando de la mismos libros. ¿Por qué iba a estar interesada la gente en la nueva versión de Doumenc si él hablara de alguna mujer de la que nunca han oído? ¿Y por qué iba a estar interesada la gente en la reinterpretación de Bayard si discutiera acerca de un Hound que nunca han leído?

Los lectores pueden sospechar que Julio César no murió precisamente en la Idus de Marzo, pero no pueden dudar que la reina Dido se suicidó por amor a Eneas, porque nadie tiene derecho a negar que en el mundo imaginario de La Eneida, lo que sucede, sucede. En estos días, cuando está de moda satanizar el relativismo, debemos respetar las declaraciones narrativas, porque ellas son las únicas cosas capaces de decirnos verdades que no pueden ser puestas en duda.

*Novelista y semiólogo italiano. Traducción de Hector D. Shelley.

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