Por: Eduardo Sarmiento

¿Quién responde por la inequidad?

La salida de Uribe del gobierno permitió avanzar en un acuerdo sobre el estado de la Nación. En amplios círculos se reconoce que Colombia tiene una de las peores distribuciones del mundo, la mitad de la población está en la pobreza y el 60% de la fuerza de trabajo está sumida en el desempleo y la informalidad.

Este resultado no se dio silvestre ni intempestivamente. Los índices de equidad y pobreza empezaron a deteriorarse aceleradamente en 1993, al poco tiempo de establecerse la apertura comercial en todas sus dimensiones. En ese entonces, en abierta confrontación con la información oficial que revelaba un milagro económico, mostré cómo la distribución del ingreso desmejoró notablemente en los primeros años de la administración Gaviria.

Asimismo, en 1995 ilustré cómo el desempleo se disparaba y la industria despedía mano de obra sin consideración. Luego, durante la administración Pastrana dejé al descubierto que se trataba del cuatrienio de peor desempeño de la historia del país. Nunca antes se habían registrado tasas tan altas de desempleo, pobreza e inequidad.

Infortunadamente, este historial no se entendió ni se reconoció en los diagnósticos de la administración Uribe. En el primer plan de desarrollo la palabra social no aparece y en el segundo (plan 2019) se pretendió revertir las tendencias negativas de los últimos años con el mismo modelo que las había causado. Los resultados están a la vista. Todas las metas propuestas para 2010 en materia de crecimiento, pobreza, distribución del ingreso y empleo se incumplieron en forma garrafal.

El mal desempeño de la economía colombiana no es único. En los últimos veinte años la mayoría de los países retrocedieron con respecto a las anteriores décadas en materia de crecimiento y equidad. Esta es una evidencia de la invalidez de las visiones clásicas y neoclásicas que predecían que la globalización y la desregulación financiera aumentarían el crecimiento económico sin afectar mayormente la equidad.

La explicación es simple. En varios libros he mostrado que las teorías de ventaja comparativa, la teoría de la neutralidad del dinero de la Universidad de Chicago y la teoría del mercado financiero eficaz que justificaron la globalización, la austeridad monetaria y fiscal, así como la desregulación financiera, no corresponden a la realidad. En todas partes, su aplicación deprimió los salarios y en un mayor grado de la mano de obra no calificada, propició la valorización de activos a expensas de los ingresos laborales y frenó la producción y el empleo.

¿Quién responde por el descalabro social del país? En los foros de despliegue nacional no se escucha a los protagonistas explicar y esclarecer por qué no se cumplieron los planes y los informes que durante veinte años ofrecieron reducir el desempleo y la informalidad, bajar la pobreza y mejorar la distribución del ingreso. Al igual que en los temas de justicia, no es posible rectificar los errores y garantizar que no se vuelvan a cometer mientras no se reconozca la verdad.

Mal podría esperar el país que los daños a la equidad se puedan reparar con las mismas teorías que los provocaron y con una exención tributaria al empleo de medio punto porcentual del producto nacional.

 

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