Por: Fernando Araújo Vélez

Quién va a escribir tu historia

Ya sé que me vas a mirar con ojos de sorpresa y con gesto de incredulidad, y que vas a seguir aferrada a tu idea de que mi propuesta es imposible.

No me queda más que una carta, la última carta, pero la voy a jugar con lentitud, quiero que esa carta sea un estilete que se te clave por siempre y para siempre, un estilete que te revuelva las entrañas y te haga sangrar, si es preciso. Hace tiempo, mucho tiempo, te sugerí que escribieras, que sólo escribiendo ibas a comprender las razones de tu angustia, porque escribir, te dije, no es simplemente poner sobre un papel un montón de palabras y de situaciones. Escribir es pensar, repensar, repasar, recrear, analizar, sentir, desgarrarse, amar y odiar e imaginar y corregir, y sobre todo, vivir.

Me respondiste que escribir era para iluminados, y conversamos sobre eso, sobre los que quieren que el resto de los mortales los veamos como iluminados, y cierran así el círculo en torno a ellos, y se apoderan de la verdad, y excluyen a todos aquellos que no les hacen venias. Conversamos. Conversamos sobre los realmente iluminados, aquellos que jamás se subieron al pedestal de la exclusión y la exclusividad, y concluimos que, más que para mostrarse, escribían y habían escrito porque lo necesitaban, porque no podían vivir sin hacerlo, porque escribir era su salvación, su única salvación. Me dijiste sí, y yo te dejé esa noche convencido de que apenas cerrara la puerta ibas a sacar un papel y un lápiz, como te gustaba, e ibas a comenzar tu historia. No fue así.

Luego me dijiste que nadie iba a comprar un libro tuyo, como si se escribiera para vender. Agregaste que no te ibas a exponer a los insultos, y acordamos que quien insulta siempre se rebaja. Tú misma dijiste que insultar, además, era dar a conocer la parte más podrida de nuestra esencia, y que siempre habías preferido el silencio como respuesta a los agravios. Te aplaudí y te aplaudo ahora. Insultar es rebajarse. Insultar es gritar que no tenemos argumentos. Insultar es creernos dueños del mundo, y herir, pisotear, humillar, porque no somos capaces de tolerar, porque en el fondo somos tan inseguros y tan arrogantes a la vez que no admitimos sombras a nuestro alrededor, sino áulicos, sólo áulicos, aunque sepamos que son hipócritas.

Cuando te dejé esa otra noche, tampoco escribiste. Que estabas muy presionada, que no tenías tiempo, que en realidad, no sabías escribir. Excusas, pretextos, tonterías, te digo ahora, porque una idea es más valiosa que toda la gramática del mundo, y ninguna gramática, créeme, va a escribir tu historia. Quién, sino tú, va a saber cómo fue tu infancia, quiénes eran tus amigos y por qué, qué miedos te asolaban, qué angustias te desvelaban, por qué te atragantabas de chocolates y para quién eran las cartas que escribías en las noches y luego rompías. Quién va a contar qué decían esas cartas, y qué sentías tú al hacerlas trizas. Quién va a hablar de tus amores y tus desamores, de tus odios, de las verdaderas razones por las que querías cortarle las trenzas a tu compañera de pupitre. Y quién, dime tú, quién si no tú va a escribir sobre los motivos por los que me abandonaste.

 

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