Por: Luis Fernando Medina

¿Quiénes Quieren Más Educación?

En los últimos días ha habido un torrente de reacciones, del cual hice parte, criticando la posición de James Robinson sobre el tema agrario en su artículo "¿Cómo Modernizar a Colombia?".

Pero hay otro tema de aquel artículo en el que Robinson comete un error de análisis que debería ser discutido y que ha pasado de agache: su afirmación de que mientras la reforma agraria es un juego de suma cero (donde lo que alguien gana, otro lo pierde) la inversión en educación es un juego de suma positiva donde todos ganan. Lamentablemente, no es así y mientras más nos demoremos en darnos cuenta de esto, más nos demoraremos en mejorar de verdad la educación en Colombia.

Entre todos los artículos que se han escrito criticando a Robinson nadie ha criticado su propuesta de invertir más en educación. Yo tampoco lo critico. A todos nos encanta la inversión en educación. No conozco ningún economista, politólogo, sociólogo, antropólogo, historiador, etc. que esté en contra de la inversión en educación. A mí me encanta la inversión en educación. A Robinson le encanta. (De hecho, ambos vivimos de eso...) A todos los políticos, sean de centro, de derecha o de izquierda, les encanta. A la loca de las naranjas de la campaña electoral le encantaba. Entonces, ¿por qué no invertimos más en educación?

Mis amigos conservadores me van a decir que todo es culpa de los sindicatos de maestros y que de no ser por FECODE ya Colombia habría alcanzado a Finlandia en desempeño educativo. Y la verdad hay mucho que se le puede criticar a FECODE. Pero eso oculta algunos aspectos de economía política que deberíamos comenzar a discutir.

La verdad, la inversión en educación sí tiene perdedores. Hagamos unas cuentas rápidas. En Colombia la inversión pública en educación está alrededor del 4% del PIB. Para alcanzar a países como Corea o Finlandia (o incluso Chile) tendríamos que subir esa inversión a 6%. Es decir, hay que sacar un 2% del PIB adicional. Sí, ya sé que podemos aspirar a tener el famoso "dividendo de paz" pero acordémonos de que también hay que invertir en infraestructura y cosas de esas. Entonces, quedemos en que ese 2% hay que sacarlo de un mayor esfuerzo fiscal. Pero resulta que ese esfuerzo fiscal, para que funcione, tiene que cobrarle más impuestos a los más ricos. De manera que para recaudar el dichoso 2% habrá que aumentar impuestos a algunos sectores en 3% y hasta 4%. "No importa," me dirán Uds, " con la educación todos somos más productivos." De acuerdo. Pero, ¿va a aumentar la productividad de la economía en un 4% de modo que empezaríamos a crecer a niveles de 8% y 9%? ¿De verdad? Hagamos un alarde de optimismo y digamos que sí. Pero resulta que ese aumento beneficia en primer lugar a quienes se han educado con el esfuerzo adicional, no a quienes han pagado dicho esfuerzo. De manera que la famosa "revolución educativa" que a todos nos gusta requiere que los segmentos más ricos de la sociedad paguemos más impuestos sin obtener mayores beneficios. No hay tal "suma positiva" de la que habla Robinson.

Si Ud. no es una persona de números y el párrafo anterior le pareció aburridísimo, se lo pongo de otra manera. Supongo que la mayoría de mis lectores tienen educación superior y son bilingües. Entonces, ¿se ha puesto a pensar que le pasaría al valor de su título universitario y sus clases de inglés si cualquier hijo de vecino pudiera ir a la Universidad y aprendiera inglés en el colegio público?

Ahora, supongamos que mágicamente aparece aquel 2% del PIB para que podamos elevar la inversión en educación a niveles aceptables. La experiencia de muchos países enseña que se necesita también que los jóvenes vayan a los colegios y se queden allí terminando sus estudios y para eso hay que generar empleos que de verdad recompensen el esfuerzo. Y en eso no nos está yendo muy bien. Por cantidades de razones que no alcanzo a discutir en una columna, Colombia no está generando suficientes empleos de calidad para absorber los productos de semejante milagro educativo. La economía se ha desindustrializado, no se ha logrado elevar la productividad de la agricultura, la inversión extranjera se concentra en sectores de minería y recursos naturales donde se genera poco empleo y así sucesivamente. Pero estos hechos no cayeron del cielo sino que son resultado de políticas y decisiones que han tenido ciertos beneficiarios. O sea que revertir estos procesos tampoco es coser y cantar.

Si Robinson, Oscar Iván Zuluaga (a propósito, ¿qué se hizo?) y tantos otros se quieren sumar al clamor por una mayor inversión en educación, bienvenidos sean. Pero no nos engañemos: para que Colombia dé el gran salto educativo que todos piden se necesita un verdadero realinderamiento de las fuerzas políticas. Puede darse. De hecho, creo que las probabilidades mejoran día por día. Pero no es nada fácil sobre todo porque, a la luz de los párrafos anteriores, sospecho que muchos de los que se dicen aliados de esta "revolución educativa" son en realidad agentes dobles.

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