Los negacionistas del coronavirus

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En agosto más de 30.000 personas estuvieron reunidas en Berlín exigiendo el fin de la pandemia y vilipendiaban las medidas para combatirla, en pleno repunte de contagios. En otras partes de Europa se repitió la situación: una numerosa concurrencia gritaba al unísono “la farsa del coronavirus”. En abril, en Turkmenistán la administración gubernamental eliminó la palabra coronavirus de sus informes y emprendió una persecución contra quienes la pronunciaran en la calle. La fórmula era sencilla y efectiva: si no lo nombras, no existe.

Estas situaciones tienen en común que niegan o ignoran la evidencia científica de la existencia del coronavirus, es lo que se conoce como ideas negacionistas. En este caso resulta particularmente alarmante. Llevamos meses expuestos a ver frontal y plenamente imágenes de cementerios rebosados, hospitales llenos y rostros agotados y desencajados. Imágenes que solo nos confirman la catástrofe: más de 920.000 personas han muerto a causa del coronavirus, según la Universidad Johns Hopkins. Entonces cómo es posible que una parte de la sociedad se muestre particularmente escéptica frente a la evidencia científica y fáctica de que estamos en medio de una pandemia.

En teoría, la respuesta o un intento de ella puede resultar mucho más inquietante. Se ha recorrido un camino importante para entender por qué pasa esto, en especial frente al negacionismo del cambio climático y el movimiento antivacuna. Lo primero que se tendría que decir es que no es una novedad, desde siempre la creencia de las personas sobre la evidencia científica ha estado condicionada a los contextos sociales, políticos y religiosos. Esto apuntaría a mostrarnos que la evidencia sólida no es suficiente, tal como señala el filósofo Adrian Bardon en The Conversation “los consensos científicos no funcionan cuando presentan una imagen que amenaza los intereses percibidos o la cosmovisión ideológica de alguien”. Entonces rechazar o ignorar la evidencia es resultado del filtro de las creencias personales.

Ahora bien, esto puede ocurrir de manera consciente o inconsciente, hay personas más propensas o circunstancias específicas que lo desencadena. Por supuesto, esas circunstancias también podrían estar alineadas con una agenda política. El caso del calentamiento global tal vez es un buen ejemplo de esto: en 2015 un metaestudio mostró que en Estados Unidos los niveles más altos de educación tienden a relacionarse con una mayor preocupación por este problema. No obstante, la manera como se entiende depende de la identificación partidista. Entonces mientras que el escepticismo de los republicanos frente a la evidencia sólida del calentamiento global era del 57 %, para los demócratas era del 17 %.

De manera que el mundo negacionista es extenso e intrincado, por ahora me parece importante anotar dos puntos. Primero, resulta provocadoramente fácil señalar a los negacionistas con calificativos de ignorantes o idiotas, pero el rechazo que estos hacen de la evidencia no corresponde solamente a una falta de información. De hecho la información la pueden tener a la mano, la cuestión es bajo qué lente leen esa información. Segundo, la politización de la ciencia es un tema que lleva años haciendo mella. No hace falta decir que Donald Trump es la estampa perfecta de ello, durante su presidencia ha negado el calentamiento global, recortado las inversiones destinadas a la investigación y desacreditado la evidencia. Tanto así que para julio cuando Estados Unidos lideraba la cifra de fallecidos en el mundo por coronavirus, él se rehusaba a usar tapabocas.

Lo cierto es que entender a los negacionistas del coronavirus implica asumir la realidad desde una serie de matices y supone de entrada grandes retos a nivel comunicativo. Se requiere un proceso holístico que invada, por ejemplo, todos los contextos que habitamos: casa, colegio, trabajo y amigos. Sin duda sacudir a las audiencias negacionistas pasa por alcanzar una comunicación acertada de la evidencia y por preguntarnos cómo las personas forman los juicios sobre cuestiones sociales y científicas.

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