Por: Lorenzo Madrigal

Quieto en primera, Angelino, no renuncies

Nadie ha dicho que Angelino Garzón vaya a renunciar. No está en su agenda ni tiene por qué estarlo. Pero lo digo por si acaso. Es tal la bronca que se le tiene al vicepresidente que uno piensa si no lo estarán discriminando. Para sacarlo.

No muy enérgicos han sido en Colombia vicepresidentes y designados. Desde Marroquín y su golpe de Estado en los albores del siglo veinte, ninguno se había rebelado contra su ascendiente jerárquico, que no superior.

Eduardo Santos, nombrado designado a la presidencia en el año 46, cedió mansamente su investidura con el argumento de que su período había periclitado, dando paso a Urdaneta; algo triste fue la renuncia del vicepresidente Humberto de la Calle Lombana, elegido popularmente, quien prefirió retirarse antes que enfrentarse a su compañero de fórmula, a punto de perder el poder.

El vicepresidente, elegido por el voto popular, no depende del presidente, socio de campaña, con quien se pacta ir a las urnas, por lo general en unión sumatoria de fuerzas electorales. Veo que Angelino Garzón lo entiende así, más ahora cuando el presidente Santos le está haciendo un mal cuarto con sus palabras del sábado que prácticamente lo dejan por fuera.

Los nerds del régimen acosan al vicepresidente y presuntuosos congresistas de la U lo tachan de ignorante. Cualesquiera sean las interpretaciones de Planeación —ahora se aclara que no se habla de ingresos sino de gastos alimentarios en mínimas condiciones nutricionales— lo que se entrega al grueso público es una herejía según la cual ciento noventa mil pesos marcan el límite entre la pobreza y la riqueza. Medición inicua, que, respaldada por el presidente, deja mal parado al Gobierno.

La situación, tal como fue expuesta, deja al gran público sin explicación de cómo se podría vivir con ciento noventa mil mensuales o con setecientos sesenta, entre cuatro que trabajen, y quién o quiénes, con esa suma, podrían cubrir vivienda, salud, educación, servicios y ropa. Gastos estos multidimensionales para los técnicos y congresistas de inteligencia superior.

Angelino tiene razón y su ánimo no es necesariamente populista, pues él viene opinando de todo, no considerándose un suplente silencioso, a la espera de la oportunidad de sucesión. Pacho Santos se dejó decir hasta lagarto por boca de su presidente y, como digo, De la Calle salió de escena cuando más se lo requería para una sucesión inminente.

Muchos de su partido vieron en Angelino, desde un principio, a alguien fuera de lugar, y ahora les toca sufrirlo en ese extraño cargo que es una vicepresidencia sin funciones, donde por cierto no encaja con el criterio light del mando, que se está imponiendo y que gana títulos de elegancia, muy a pesar de las desteñidas corbatas del presidente, que ya las llevan, por moda, hasta los comentaristas de deporte.

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