Por: Juan Carlos Piedrahita

Quisiera que estuvieras aquí

Disfrutar a Pink Floyd sin el cercano ‘scratch’ (el rasgado) del acetato representa casi lo mismo que escucharlo con él.

La razón es muy sencilla: la música de esta agrupación supera la conquista auditiva porque su sonido es capaz de entrar en el cuerpo sin transitar por la vía directa entre los oídos y el cerebro. Lo puede hacer por el estómago, cuando las vibraciones del bajo ejecutado por Roger Waters asumen su faceta más intensa; por los ojos, si se trata de propuestas conceptuales como la mayoría de los ejercicios experimentales de la banda británica, en los que las imágenes y el juego de luces son casi tan contundentes como el contenido sonoro, o por el espíritu, ese órgano intangible que para algunos está en todas partes y para otros en ninguna, pero que tomado de la mano con esta corte puede encontrar su máximo nivel de evolución.

Pink Floyd no es progresivo porque a algún crítico intrépido le dio por catalogarlo de esa manera, encasillando un estilo que ni antes ni ahora ha tenido corral y, así, facilitarle la vida a quienes son felices ubicándolo todo dentro de cuadrículas. Es progresivo porque va adelante. Lidera todo un movimiento que a partir de la psicodelia se la juega por abrir otros canales de comunicación, mientras los demás se empeñan en saturar un solo registro siguiendo alternativas exitosas. Con Syd Barrett intentó ser diferente y con David Gilmour lo logró al pisar terrenos casi inexplorados como el rock sinfónico y el arte progresista.

Poco se hablaba de obras en el rock y mucho menos se les ponía el apellido de conceptuales. Pink Floyd comenzó a abrir esa senda al componer álbumes completos, sin cortes, en los que un tema estaba ligado con el siguiente, algo impensable en este tiempo dominado por ‘sencillos’ de no más de cuatro minutos de duración con la única finalidad de ser radiados y conjugar el verbo ‘estar’ dentro de los listados de popularidad. Al romper esa barrera del tiempo, los integrantes de la banda lograron elaborar registros tan impactantes (audio, visual y espiritualmente, otra vez) como Atom Heart Mother, Meddle, The Wall, The Division Bell, Wish You Were Here y, por supuesto, The Dark Side Of The Moon.

Ahora, a partir del 26 de septiembre, saltará al mercado mundial una colección llamada ‘Best Of’ (CD, DVD, Blu-ray, Super Audio CD, así como los formatos digitales, entre los que está una aplicación para iPhone) con todos los sencillos de la banda. De igual manera, se lanzarán dos series Immersion y Discovery, con todos los álbumes remasterizados y un producto adicional (Experience) con contenidos inéditos para los nuevos seguidores del grupo y también para sus fanáticos de siempre, aquellos a quienes les da lo mismo escucharlo con o sin ‘scratch’, porque la experiencia Pink Floyd va más allá de lo auditivo.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Carlos Piedrahita

Eliseo Herrera Junco (1925-2016)

Maurice White (1941-2016)

Los cuatro instrumentos de Saluzzi

Mediterráneo, desde la proa hasta La Popa

Siempre en la mente