Por: Catalina Uribe Rincón

Quizá la Biblia defendería el aborto

Aquellos que de hecho estudian la Biblia, y no sólo memorizan versos fuera de contexto, conocen la complejidad de sus palabras. El libro que sirve como guía espiritual de varias religiones fue durante siglos un texto de discusión y construcción colectiva del que participaron activamente sacerdotes, jueces, escribas y profetas. No hubo un escritor de escritores, únicamente la palabra divina transmitida de generación en generación por autores tan diversos como anónimos. En el texto, sin embargo, abundan las tensiones, adaptaciones, cambios y enmiendas de las leyes de Dios a medida que avanzan las páginas y con las páginas, los años. Entre los cambios más notables, y que vale la pena traer a la discusión, está la evolución de la mujer de propiedad a propietaria.

En el primer registro de los diez mandamientos la mujer es una posesión de la casa del hombre y aparece listada junto con sus animales. En el Éxodo leemos: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (20:17). Más adelante, en el Deuteronomio, hay un cambio fundamental en el mandamiento. Ahí leemos: “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (5:21). En el texto revisado, la mujer sale de la lista de posesiones y se le asigna un verbo distinto. Nos podemos imaginar que hubo quienes estuvieron muy en desacuerdo con la primera versión y los escritores de la Biblia tuvieron que ajustar la redacción.

Hubo también ajustes explícitos en voz de los profetas. El mismo Moisés llevó un caso ante Dios. Se trató de la disputa patrimonial de las hijas de Zelofehad con su tribu. En Números leemos: “Entonces el Señor habló a Moisés, diciendo: Las hijas de Zelofehad tienen razón en lo que dicen. Ciertamente… les pasarás a ellas la herencia de su padre” (27:5-7). Si las hijas pudieron apelar a Dios, podemos interpretar que los escritores de la Biblia les dieron más autoridad a ellas que al mismo profeta, y nos sugiere, además, el carácter popular del argumento legal; este texto fundacional, al parecer, se escribió y rescribió entre todos. “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36), dijo Jesús. Pero la fundación de su pueblo, del pueblo de Israel, fue tan política como moral. Por eso leemos en el Antiguo Testamento de reyes y de guerras, de prácticas alimentarias y sanitarias, y de la moralidad actualizada que surge del tejemaneje y las fricciones de la vida en común.

El Antiguo Testamento fue escrito entre 1200 y 165 años antes de Cristo, pero a veces parece estar más vivo que muchos de los debates contemporáneos de nuestros curas y pastores. Esta semana salieron algunos grupos cristianos, incluida la Iglesia católica, a pedirle al Ministerio de Salud que no cumpla la ley. Obsesionados con el útero de las mujeres, estos autoproclamados voceros de Dios siguen insistiendo que el aborto no se debe reglamentar. Si el proceso creativo de la Biblia hubiera seguido su impulso original, y hubiese permanecido siendo un texto negociador de la vida en común, hoy en día quizá la mujer tuviera una propiedad clara sobre su cuerpo. Pero actuando como la tribu de Manasés, nuestros guías espirituales parecen estar empeñados en negarles a las mujeres disputar públicamente su lugar en el mundo.

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2019-10-26T00:00:44-05:00

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2019-10-26T00:15:01-05:00

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