Por: Marcos Peckel

Quo vadis, Siria?

Tras seis años de guerra, sólo términos bíblicos o metafísicos alcanzan para describir lo que ocurre en Siria. “Apocalipsis” humanitario, “big bang” de un nuevo orden mundial, “agujero negro” de la comunidad internacional al interior del cual han sido succionados valores, principios e instituciones internacionales, o el “Armagedón” que se cierne sobre Raqqa, la capital del “califato” de ISIS, cuya inminente caída servirá sólo para abrir una nueva fase en esta guerra, en la que los 500.000 muertos y 12 millones de refugiados fungen únicamente como “daño colateral”.

El casting de actores en Siria no augura que la guerra vaya a terminar en un futuro cercano; por el contrario, todos buscarán asegurar sus intereses a como dé lugar, siendo la población civil siria o lo que queda de ella, observador impotente de la rapiña. Siria ya no existe como Estado, se necesita gran cantidad de colores para pintar un mapa de su territorio indicando quién controla qué. Sin embargo, Bashar al Asad se salió con la suya, maniobró audazmente en medio de la geopolítica regional y global y, asegurando el apoyo incondicional de Irán y Rusia y gracias a la perniciosa inacción de la administración Obama, logró lo que era impensable: mantenerse en el palacio presidencial en Damasco y aparecer esencial para cualquier intento de solución al conflicto, asumiendo que alguna existe.

Rusia manda en Siria y demostró cómo se defiende a un aliado; las ruinas y muertos de Alepo son mudos testigos. Turquía, con sus vaivenes a lo largo de la guerra, un estudio de caso de una política exterior fracasada, está ahora empecinada en que los kurdos, que pusieron el pecho contra ISIS y han demostrado una gran capacidad de lucha, se queden sin nada, aunque actualmente controlan gran cantidad de territorio al norte del país.

Israel, que en numerosas ocasiones ha bombardeado a Hizbolá, la milicia proxy iraní, parece estar escalando su involucramiento en la guerra con miras al “final del juego”, apoyando organizaciones rebeldes que operan en su frontera con el objetivo de evitar que Irán y Hizbolá se asienten allí.

Tras el ataque de Estados Unidos a una base aérea y el reciente derribamiento de un caza MIG del régimen, Washington pareciera estar marcando sus propias líneas rojas: no permitir que el régimen de Al Asad o sus aliados o Turquía tengan participación alguna en la “liberación” de Raqqa, la cual tiene reservada para “su milicia”, las “Fuerzas de Defensa Sirias”, una coalición árabe-kurda. ISIS perderá Raqqa, pero lejos está de desaparecer, pues es una poderosa ideología y las circunstancias de su génesis en Irak y Siria, marginación de los suníes, siguen presentes.

Años pasarán antes de que algún semblante de estabilidad vuelva a lo que queda de Siria, y no se puede descartar que allí estalle una conflagración que haga ver estos seis años de guerra como un “juego de niños”.

 

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