Por: Alfredo Molano Bravo

Rabia en el corazón

He leído y releído la carta que Íngrid le envió a su mamá y no deja de dolerme cada frase, cada palabra. He sentido la rabia que nace en el corazón. Más allá de sus sentimientos -bellos y limpios- que expresa sobre sus hijos, sus padres, su gente, me conmueve la nobleza que el texto expresa

Porque a pesar de las condiciones en que las Farc la obligan a vivir, no le encuentro odio contra una organización que de su parte y de la de muchos colombianos, lo merece. Yo he defendido siempre la diferencia entre justificar y explicar. Una explicación nunca es una justificación. Se puede explicar la Inquisición, los campos de concentración y los genocidios. Pero, desde luego no se justifica ninguna de esas políticas  violentas. La explicación de un hecho está en un plano lógico o social, o político o psíquico. La justificación es un asunto ético. No obstante, en el caso de Íngrid no hallo ninguna justificación, y lo más grave, tampoco una explicación diferente a la que está implicada en el régimen carcelario en que los gringos mantienen a Simón Trinidad. En los dos casos no median consideraciones de seguridad sino una especie de retaliación ejemplarizante. Negarle a Íngrid un diccionario enciclopédico, quitarle las cartas de sus hijos o sobrinos, requisarle el escapulario de su padre o no darle la noticia a tiempo de su muerte, son simple y llanamente un tratamiento atroz. Similar a la que los gringos han usado con los musulmanes en Guantánamo o en las cárceles donde están condenados a la soledad y el aislamiento los acusados de terrorismo y traición a la patria. Ni hablar de justificación en estos dos ejemplos de deshumanización.

Hace pocos días ante un corresponsal extranjero reaccioné condenando tanto a las Farc por las condiciones en que tienen a Íngrid —que deben ser generales para todos los cautivos—,  así como por la muerte en vida a que la justicia norteamericana tiene condenado ya a Simón Trinidad. He rechazado también la guerra, la tortura, el secuestro y toda política que aliente estas brutalidades. Dije además que yo no veía —y no veo— que el llamado intercambio humanitario que tanto alboroto ha causado en estos días se funde en razones éticas sino en razones meramente políticas. Sin duda que a Chávez, a Uribe y a Marulanda les duelen los secuestrados, pero las negociaciones que puedan hacer posible su libertad tienen un carácter en esencia político. Lo mismo pienso del papel que de hecho está asumiendo Sarkozy o podría jugar Kichnner. Exceptúo de este juego, legítimo por lo demás, a Piedad Córdoba, que ha echado por delante el corazón en el intento. Todos los jugadores apuestan a sacar partido político y electoral de su intervención. Cuando Uribe vio que las Farc estaban recuperando imagen política, suspendió de rayo la mediación de Chávez, que sin duda iba por buen camino en cuanto a la liberación de los secuestrados, argumentando que los desarrollos de la facilitación estaban en contra de la Seguridad Democrática, su programa político, al que subordina la vida misma de miles de colombianos, incluyendo, claro está, la de Íngrid y compañeros de cautiverio. El argumento del Presidente es una falacia. El despeje de Florida y Pradera no afectaba las estrategias de la guerra que nos tiene secuestrados a todos, pero sí, y de manera notable, golpeaban el ego diabólico de Uribe. Diría lo mismo de la terquedad del secretariado de las Farc, que, no obstante, la vi vacilante con la intervención de Chávez. Creo que doña Yolanda, la valerosa mamá de Íngrid, percibe lo mismo al insistir en la participación de Chávez. Me parece que la gran presión internacional, respetuosa y diligente, a favor del intercambio que está creando Sarkozy no sólo erosionará los pedestales de Uribe y de Marulanda sino que —y sería lo más importante— podría poner el intercambio en el sitio que le corresponde por tener un carácter esencialmente político: en la solución negociada de esta guerra, cada vez más difícil de explicar.

 

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