¿Cómo avanza la reincorporación de excombatientes en el Cauca?

hace 2 horas
Por: Gonzalo Silva Rivas
Notas al vuelo

Rabo de paja

Los voraces incendios forestales que devoran amplios tramos de la selva brasileña del Amazonas visibilizaron la tragedia que afronta el llamado pulmón del mundo, y sumaron la indignación popular con la presión internacional ante la creciente deforestación ocurrida en los últimos años, con consecuencias lamentables, como la destrucción de millares de especies de flora y fauna, el desplazamiento de centenares de comunidades indígenas y la reducción de áreas naturales para la práctica de actividades ecoturísticas.  

La deforestación se ha convertido en una terrible amenaza para el bosque más diverso del planeta, no solo en Brasil sino en los otros siete países por los que atraviesa -incluyendo Colombia-, donde la práctica se ha vuelto recurrente, sin mayores controles gubernamentales. Un reciente estudio de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, IUCN, por sus siglas en inglés, confirmaba que con los actuales ritmos de deforestación, a muy corto plazo, el 60 por ciento de las especies animales y forestales quedarán en peligro de extinción y las comunidades indígenas se reducirán a sus mínimos niveles.

Las  sombras de sus efectos se perciben en la reducción de su capacidad para absorber dióxido de carbono (CO2), que en las últimas décadas cayó de 2.000 a 1.000 millones de toneladas, un fenómeno que aumenta la incertidumbre sobre su potencial para resistir el cambio climático. 

Sin embargo, es en el Brasil donde el problema se ha reproducido con mayor fuerza, en buena parte por disponer de la mayor franja de selva -cerca de cinco millones de kilómetros cuadrados-, pero particularmente por las políticas populistas de su polémico presidente, Jair Bolsonaro, quien promueve la tala indiscriminada del bosque para convertirlo en valle, estimulando a enriquecidos hacendados para que extiendan la frontera agropecuaria, con el argumento de dar productividad a la cuenca, generar empleos y mejorar las condiciones de vida de la población.

Entre los damnificados por las políticas anti-ambientalistas del mandatario brasileño, se cuentan los pueblos indígenas, muchos de ellos aún no contactados, que viven en las profundidades del bosque. De 2.000 tribus existentes en la época de los primeros colonizadores, el 90 por ciento han sido aniquiladas, y las restantes están en riesgo de desplazamiento, con la consecuente pérdida de sus culturas y costumbres, pero, peor aún, del único blindaje, que a través de ellos, tiene hoy en día la diezmada selva amazónica.

La deforestación, atizada por los devastadores incendios de los últimos días, también provoca costosas afectaciones para el turismo, una industria estratégica para el desarrollo económico y social de este país, responsable del siete por ciento de las plazas laborales y del cuatro por ciento de los ingresos nacionales. Sus tres estados más grandes territorialmente,  Amazonas, Pará y Mato Grosso -precisamente los más vulnerables por estar ubicados en el epicentro de las deflagraciones- alimentan sus arcas públicas con una apreciable tajada de los ingresos provenientes de la actividad.  

Dichos estados cuentan con el ecoturismo como una de sus principales fortalezas y disponen de equipamiento adecuado para darle paso a una variada propuesta de circuitos turísticos, que cotidianamente recorren la majestuosa flora y fauna amazónica, un producto de particular demanda entre los viajeros internacionales.

El estado de Amazonas, cuya superficie, como la de Pará, superan la del territorio colombiano, es un dinámico destino, a donde arriban numerosos viajeros para refugiarse entre la espesura de la selva y navegar sobre sus desafiantes ríos. Pará, por su parte, anida el Parque Nacional de la Amazonia y la Floresta Nacional do Tapajós, densas reservas naturales que le sirven de hábitat a millares de especies animales. Y Mato Grosso dispone entre sus atractivos del emblemático Parque Nacional Chapada dos Guaimaräes y de El Pantanal, el principal santuario de vida de silvestre de Suramérica, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

La rapaz deforestación, motivada por el avance de los negocios agropecuarios y mineros, no solo acelera la destrucción de los ecosistemas y de la biodiversidad en todas sus formas, sino que amenaza la subsistencia de millares de habitantes originarios y pone en situación de riesgo el entorno en el que se desenvuelve una industria con incalculable futuro y promisorio alcance  exportador.

El negacionista presidente del cambio climático ha sido puesto contra las cuerdas por la opinión internacional, los ambientalistas y la oposición local, que lo acusan de incentivar las quemas que desencadenaron las últimas conflagraciones. Su incendiario discurso de ultraderecha y su desastrosa política ambiental, posiblemente encenderán más los ánimos antigubernamentales en el mundo entero -a excepción, quizás, de su correligionario Donald Trump-, al punto de que deberá morigerar su posición, porque en momentos en que se tiene el rancho ardiendo y un visible rabo de paja, lo mejor es no acercarse a la candela.

Posdata: La selva amazónica tiene una superficie de 6,1 millones de km cuadrados y se estima que cada día por causa de la deforestación se pierde un área equivalente a 4.500 estadios de fútbol -tres estadios por minuto-, según el Fondo Mundial para la Naturaleza, WWF, por sus siglas en inglés.

[email protected]

@Gsilvar5

Le puede interesar: "El Amazonas se quema y todos tenemos la culpa"

878179

2019-08-27T00:03:30-05:00

column

2019-08-28T15:32:27-05:00

jrincon_1275

none

Rabo de paja

12

6257

6269

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Gonzalo Silva Rivas

Su mejor sonrisa

Pisar el acelerador

No es cuento chino

Cambio de mentalidad

Las dos caras