Por: Santiago Villa

Racismo

Fue incómodo ver a personas blancas influyentes perdonando el racismo de Sofía Gómez Uribe, una de las deportistas más destacadas de Colombia, que entre el 2010 y el 2011 hizo comentarios de un racismo extremo desde sus redes sociales.

No corresponde a personas que no son afrodescendientes minimizar el hecho y alabar como un acto de grandeza el pedir perdón, cuando disculparse es lo mínimo que una persona debe hacer cuando comete una falta. Quien no fue insultado no está llamado a perdonar el insulto.

Cuando expresé esto en un hilo de Twitter que escribí hace una semana, unos pocos me preguntaron por qué quería destruir a una persona en la hoguera pública.

Este episodio no debe verse en la dicotomía católica de la absolución o la hoguera. Según el catolicismo, cuando alguien peca debe confesarse, demostrar arrepentimiento y hacer una penitencia. A veces con el solo arrepentimiento es suficiente. De lo contrario, se va al infierno.

Es una forma muy superficial de tratar este problema.

También me sorprendió ver a personas responder que eso fue hace mucho tiempo o que todos han cometido errores a los 17 años, como si ser racista fuera algo normal en la juventud o no fuera grave siempre y cuando hubiera sido en el pasado. Ser racista y clasista no está bien a ninguna edad, y también es grave haberlo sido hace 10 años.

Seguramente Sofía Gómez Uribe ya no es racista, y realmente se arrepiente de haber propagado sus prejuicios y odio en plataformas públicas, pero nuestra mirada a una figura pública que nos representa en el deporte, y que lleva la bandera de Colombia, no debería estar dirigida a evaluar la sinceridad de sus emociones personales o el grado de cambio en su fuero interno, sino a exigirle actos a favor de una sociedad sin racismo.

El video de ella en lágrimas, más que un acto de valentía, rayaba con la manipulación emocional, no porque su plan fuera manipular, sino porque estamos acostumbrados a que las faltas se solucionan llorando de arrepentimiento. La lógica es: si yo me siento mal y lloro, merezco el perdón. Vemos el dolor ajeno en una persona que creemos es buena, y nuestra respuesta es querer reducirlo, decir que ya pasó y todo está bien. No. No pasó y no está bien. Insisto: hace falta que combata el racismo.

No es constructivo ver a esta joven sufrir. Tampoco que pierda sus patrocinios y su carrera se vaya a pique. Los castigos catárticos, morbosos, si acaso ejemplarizantes, son innecesarios para faltas que fueron cometidas en su tardía adolescencia y temprana adultez, hace casi una década. De hecho, a ninguno le corresponde “castigarla”, y es una canallada enviarle insultos o denigrarla en plataformas públicas.

A Sofía le corresponde, más bien, contribuir en la lucha contra el racismo y participar en una plataforma antirracista. No se trata de perdón o reparación, estas categorías de las que tanto hablamos durante el más reciente de nuestros recurrentes procesos de paz. Se trata de aportar en la construcción de una sociedad sin racismo, no por reparar los daños que hizo, sino porque hay muchos jóvenes de 17 y 18 años que piensan igual que ella a esa edad y es urgente cambiarles la forma de pensar.

Ella tiene prestigio, seguidores, influencia y es excelente oradora. Además, conoce cómo funciona la cabeza de un racista, porque ella lo fue. La van a escuchar. Hay muchas formas en las que puede hacer una diferencia. Su charla TEDx sobre apnea se llama, curiosamente, “Un recorrido a la profundidad”: en lugar de la profundidad de la culpa y el sufrimiento, a la sociedad le conviene que ella explore y ayude a combatir el abismo del racismo.

El problema hay que enmarcarlo en sus dimensiones sociales. Hay que mirar de frente el racismo endémico de Colombia, tan arraigado, que personas que no son afrodescendientes se arrogaron el derecho a restarles importancia a las palabras de odio de Sofía. Tan arraigado, que Colombia ni siquiera se reconoce como una sociedad racista, sino que se regodea en un mito de diversidad y tolerancia.

Ella no habría hecho estos comentarios en Twitter si el racismo no fuera una opinión socialmente aceptada, al menos entre su círculo cercano. ¿Qué tan extendido está? ¿Qué tan tolerantes somos con el racismo? ¿Por qué ella no tenía ese filtro?

Esas son las preguntas que ella y nosotros debemos hacernos. Lo mismo vale para los comentarios clasistas difundidos por Sofía, pues racismo y el clasismo en Colombia a menudo son dos caras de una misma moneda.

Twitter: @santiagovillach

905255

2020-02-19T00:00:27-05:00

column

2020-02-19T10:26:58-05:00

jrincon_1275

none

Racismo

7

4785

4792

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Villa

Solidaridad

El narcogobierno

La ONU y la “soberanía nacional”

Un paso para adelante y dos para atrás

Matar durante un asalto a mano armada