Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Radio instigación

Durante toda la madrugada, un locutor de vieja data, experto en ladridos regionalistas, en gruñidos por encargo y en la ignorancia extravagante, se dedicó a instigar contra una bandera colorida izada en un cerro mediano en la mitad de la ciudad. El bojote extrañaba la bandera de dos colores que es la única que logra explicarle ese mundo a blanco y verde al que está reducido. Muchos han trazado esa misma línea para dividirlo todo: a un lado los aguerridos, los duros, los que aprietan el puño o señalan, los que retan y no se arredran ante el fierro ni ante el filo; al otro lado los lánguidos, los descoloridos, los débiles de casta que son capaces hasta de exhibir su impudicia. Y así pasó toda la madrugada el locutor, despierto por el placer que le genera al odio.

En esa cruzada regional y moralista lo acompañó el periódico de sangre de todos los días en la ciudad. Se apagó la voz del locutor y llegó el papel que se encarga de seguir por las calles a “la paletera” de Medicina Legal retratando cadáveres y evidencias. El periódico de marras le dedicó su contraportada a ese “asalto” en lo alto de la ciudad: “Bajaron la de Antioquia por la del orgullo gay”, decía el titular a dos tintas. En ocasiones es necesario cambiar el menú a los lectores y acompañar el morbo por la sangre con un poco de rabia. No solo el miedo produce adrenalina.

Luego llegaron los energúmenos para hacer respetar sus prejuicios. Es seguro que a esos díscolos militantes del partido mayoritario en la ciudad les hizo falta izar bandera en el colegio. Su gesto incluyó una navaja, una cuerda, una basura y una bandera rasgada. Bien podrían ser los elementos para el escudo de armas de unos extremistas que dan grima por lo fanfarrones. Esos bufones armados contra una tela tienen miles de seguidores, hacen el trabajo sucio de pastores y políticos que deben guardar algunas formas.

El Código Penal colombiano tiene un castigo para esos promotores del odio. Señala una pena para quienes promueven hostigamientos, con capacidad de causar daños físicos o morales, a personas por su raza, religión, ideología, sexo u orientación sexual. La Corte Constitucional ha dejado claro que no pueden considerarse delito las opiniones molestas, ni siquiera los insultos, protegidos bajo el amplio paraguas de la libertad de expresión. Es necesario entonces que esas conductas demuestren una aversión inmediata contra las personas por razón de sus particularidades raciales, sexuales o ideológicas, que muestren así mismo el deseo de causarles daño y manifiesten además un estímulo a ejercer violencia a los espectadores del acto o los receptores del discurso. Ese delito se agrava cuando “la conducta se ejecuta a través de la utilización de medios de comunicación masiva”.

Lo que hicieron el locutor y el periódico muy difícilmente podría considerarse como un llamado a ejercer la violencia, una instigación al daño a unas determinadas personas. Es apenas, según creo, un mensaje para acariciar los prejuicios de sus audiencias, para apretar un poco más la ternilla a sus lectores y oyentes.

Pero faltaba la última escena. Ahora una periodista capitalina, atildada y risueña, le abría sus micrófonos al energúmeno del cuchillo y el carriel. A pesar de la conducta muy posiblemente ilícita del travieso panfletario, la periodista decide amplificarlo para que repita y justifique su discurso del odio. Algo como dedicarse a grabar la segunda aparición del ladrón para que confirme sus habilidades con la cerradura. Es seguro que la periodista sabe que los micrófonos también tienen doble filo, pero a ella solo le importa el doble clic.

Le puede interesar: "Vía al Llano: crónica del abandono a una región"

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2019-07-10T04:10:00-05:00

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