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Rafael Uribe Uribe y la moralidad pública

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“¿Quién dejará de convenir en que ciertas ideas acerca de la probidad están hoy del todo pasadas de moda y anticuadas? ¿Quién negará que aquellos entes que en otro tiempo se llamaban moralidad pública y sanción social han cesado casi completamente de existir?”. Rafael Uribe Uribe.

Teniendo en cuenta el desconocimiento que he observado, en los distintos estratos sociales de la población colombiana contemporánea, sobre este líder ejemplar, me ocuparé de unas notas sintetizadoras en torno a su biografía y después me referiré a sus diversas exposiciones en torno a la moralidad pública. Veamos.

Nota biográfica. Rafael Uribe Uribe fue abogado, periodista, guerrero, caudillo, parlamentario, humanista, internacionalista y pensador. Hombre de recios ideales que consagró su existencia al servicio de los intereses nacionales y del partido liberal desde la cátedra, la contienda militar, el periodismo, el Congreso y el servicio exterior. He aquí una de las más importantes y polifacéticas personalidades colombianas y latinoamericanas, de los siglos XIX y XX. En unión de Alfonso López Pumarejo, Darío Echandía, Alberto Lleras Camargo, Jorge Eliécer Gaitán, Carlos Lleras Restrepo y Luis Carlos Galán, integran un grupo de siete líderes políticos excepcionales, cuyas vidas y principios se colocan como paradigma del pensamiento liberal, progresista y democrático colombiano. De la lectura de sus obras, puede inferirse su profundo sentido de patria y la congruencia con sus ideas progresistas libertarias. Revisemos entonces, algunos textos donde él hace referencia a la problemática de la moralidad pública.

La oración por la igualdad. (1898, El Autonomista). “Se trata de redimir la reputación tradicional del país y su índole política de una mancha que deshonra por igual, hace ya trece años, a los opresores y a los oprimidos; se trata de reconstruir la sociedad colombiana sobre sus antiguas bases, enaltecer al pueblo y al gobierno, dignificar el ejercicio de la autoridad y la obediencia de los ciudadanos, y aumentar la aureola de gloria y de grandeza del nombre colombiano; se trata realmente de abrir la era de la paz voluntaria y de cerrar la del rencor, las animosidades y la discordia; se trata de que acaben los agravios y el odio y de que haya otra vez familia colombiana, donde reinen el amor y la armonía”.

Notas sobre el alma nacional. (1898, El Autonomista). Hace veinte años las personas menos distinguidas en lo social, en lo político, tenían acerca de la honra, del cuidado de la reputación y de la práctica de los negocios delicadezas, timideces e impresionabilidades de que carecen hoy la mayor parte de las clases llamadas superiores. En virtud de esta transformación del alma colombiana, que nos ha dado como un ser nuevo, ciertos nombres que hace veinte años eran espeluznantes, como robo, peculado, abuso de confianza, han perdido su horror, y en cuanto a las acciones infames denotadas con ellos, hemos aprendido a distinguir casuísticamente, admitiéndolos o rechazándolos por razones de ocasión, no de maldad intrínseca.

El oro ha sido rey. El dinero es quien ha dicho la primera y la última palabra en este triste período, el que le ha cerrado el camino a las ideas, el que ha transformado en lacayos a personajes reputados antes como republicanos austeros, el que ha dado cuenta de todas las resistencias y pudores de las almas.

Mientras que, a ¿quiénes dispensamos hoy esas mismas atenciones? ¡Vergüenza da decirlo! A los públicos y reconocidos saqueadores del erario público, a los cínicos detentadores de los derechos del pueblo, a los calanchines de los ministros, a los escritores asalariados, a los contratistas de mala ley, a la turbamulta de advenedizos y granujas que han venido al asalto del poder con la agilidad y prisa de monos disolutos y golosos…

Hay que rehacer un alma colectiva a Colombia, y sin embargo todo lo que nos queda de autoridad moral e intelectual es impotente para prestar ningún servicio a la comunidad; como no se puede plantar un clavo en una pared cuarteada y húmeda sin que con él se desprendan pedazos de ella, así creo que ninguna idea de salvación puede tener asidero en una sociedad podrida y en vía de disolución”.

Socialismo de Estado. (1904). “Preocupémonos por buscar y favorecer el bienestar del pueblo: ayudémosle a obtener las concesiones progresivas a que tiene derecho, y a destruir los privilegios que lo colocan en posición de inferioridad; tengamos un poco más solicitud o siquiera compasión por los desheredados. Es decir, imperioso para todos los que estamos consagrados al servicio del país, trabajar en la reforma social, para suprimir los abusos, extirpar los parásitos y destruir los instrumentos de tiranía. Santo y bueno que nuestros padres abolieran la esclavitud; toca a las nuevas generaciones llevar a cabo una labor no menos ardua y meritoria: redimir el pobre de la esclavitud embrutecedora de la miseria.

Deseo que la paz no resulte de la imposición, por un lado, y de la impotencia, por otro, sino que sea producto necesario de una buena constitución económica y política de la sociedad, del equilibrio de las fuerzas, de la ecuación y de la acción conmutativa de todos los partidos y grupos”.

Los problemas nacionales. (1910). “Para colmo de males, suele suceder que los odios políticos reinen más en el seno de un mismo partido que de un partido a otro. Matar para robar, es decir, derribar al que se envidia, para elevarse a sus expensas, es el crimen cotidiano en esta tormenta infernal, en este torvo sábado de miserias que en Colombia llamamos vida pública.

Tal vez la causa más profunda de las perturbaciones de que padece Colombia, es el divorcio entre la vida política del país y su vida social y moral. Tenemos un pueblo inteligente, abnegado, de buena voluntad y con otras cualidades naturales, distribuidas profusamente en una población que vive sobre un suelo excepcionalmente rico, y sin embargo las entidades oficiales no se preocupan por desarrollar esos elementos, por servirse de ellos, por valorizarlos; sino que más bien parece que la libre expansión de las energías nacionales les cause recelo o les estorbasen.

Dejemos que la corriente pacifista que sopla por el mundo penetre por todas las costas, valles y montañas de nuestro país, como un alisio refrescante y reparador. Necesitamos una Colombia nueva, una joven Colombia, y para ello tenemos que empezar por romper las maniotas del pasado”.

Notas finales. Tomando distancia frente a su vida y obra desearía enfatizar que Uribe Uribe amaba el trabajo intelectual y político; le fastidiaba la mediocridad. Conocedor del proceso histórico de la Nación y con apropiado conocimiento de lo internacional, se propuso intencionalmente ser experto en el manejo de la compleja problemática nacional de su tiempo. Su vida se me presenta como un testimonio de valor civil, conciencia crítica y autenticidad. Y este prototipo de ser humano, con carisma, profundas convicciones democráticas y vocación de servicio público —cambiando las cosas que haya que cambiar— es el que necesita nuestro país para asumir la presidencia en 2022. Nuestra juventud, los sectores mayoritarios de la población y la intelligentsia colombiana, estamos ahítos de los psicopatologizados por el poder, la politiquería, la corrupción y la injusticia social estructural, aún 107 años después de su asesinato.

roasuarez@yahoo.com

Bibliografía mínima inicial

GALVIS SALAZAR, Fernando (1962). Rafael Uribe Uribe. Imprenta Departamental. Medellín.

LLERAS, Alberto (1987). Uribe Uribe. Obras selectas. Biblioteca de la Presidencia de la República. Tomo IV. Bogotá.

ROA SUÁREZ, Hernando (1992). La nueva Constitución, Uribe Uribe y los futuros liderazgos. Revista Politeia No. 8. Universidad Nacional. Bogotá.

ROA SUÁREZ, Hernando (2018). EL LIDERAZGO POLÍTICO. Análisis de casos. 5ta. Edición. Prólogo: Fernando Carrillo Flórez. Procuraduría General de la Nación, Academia Colombiana de Jurisprudencia, Domopaz, Redunipaz. Grupo Editorial Ibáñez, Bogotá.

URIBE URIBE, Rafael (1910). Labor parlamentaria en el Congreso de 1909. Bogotá.

–––––––, (1955). Por la América del Sur. Dirección de información y propaganda del Estado. Bogotá.

–––––––, (1979). Obras selectas. Cámara de Representantes. 2 Tomos. Jorge Mario Eastman. Compilador. Bogotá.

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