Por: Juan Manuel Ospina

Rappi en la cuerda floja

Difícil una solución más sencilla y efectiva como la que ofrece Rappi para enfrentar las nuevas realidades de la vida contemporánea, cuando la población crece a un ritmo alto y el individualismo pasa por un punto máximo con su afán por encontrar soluciones individuales desde la casa, “sin salir mucho”, en ciudades en las cuales las distancias y el tiempo que se deben enfrentar para realizar cualquier diligencia se han multiplicado por mil como consecuencia de  la ausencia de una planificación del uso del espacio urbano que permita acercarle al ciudadano su lugar de trabajo y los  servicios que requiere. Como anota  Liu Thai Ker, el cerebro planificador de Singapur, la ciudad estado que es modelo mundial en estos menesteres, “todo se planifica con el objetivo de reducir la dependencia para realizar largos viajes de los residentes, sin pérdida de  tiempo de sus vidas en el camino”. Lo anterior  es aún más cierto en una ciudad como  Bogotá con un  transporte público  malo por decir lo  menos. El resultado es que los bogotanos en sus desplazamientos emplean cerca de tres horas diarias, casi la mitad del tiempo que tendrían disponible para la convivencia, la familia, los amigos, el deporte, los hobbies…

A nivel macroeconómico Rappi tiene además una ventaja surgida de su conformidad o acople con  la economía contemporánea cada vez más orientada a los negocios de servicios y logística, generadora de empleos que no tienen el carácter de permanentes,  a tono con la forma de vida que se ha impuesto;  empleos que no requieren  capacitación del empleado ni capital significativo del empresario. Ha sido una solución laboral para muchos venezolanos condenados al rebusque. Es un muy buen ejemplo de emprendimiento, ahora tan de moda en Colombia y el mundo.

Pero no todo lo que brilla es oro y así como están felices  los inversionistas que ven en Rappi la nueva gallinita de los huevos de oro con sus altas, creo que altísimas tasas de rentabilidad, hay mucha inquietud de parte de sus trabajadores, que ya  expresaron públicamente  su inconformidad por las  condiciones laborales que  precarizan aún más las condiciones de ese empleo ya de por sí precario. Inquietud también de sus usuarios pero no por la calidad del servicio sino porque este se presta a costa de un deterioro adicional del  espacio público ya bien golpeado por  la venta ambulante y ahora por las patinetas eléctricas, otro emprendimiento hijo de la crisis urbana. Espacio público empleado por una empresa privada  como parqueadero gratuito e invasivo, pues sus salas de espera y de despacho son las aceras, como si la  Rappi no tuviera conque adecuar los espacios necesarios. Y esto sucede en medio del silencio de una administración distrital que pregona a los cuatro vientos  la defensa de ese espacio público.

 Por su parte el gobierno nacional  se limita a decir  que se trata de una forma de trabajo legal. No contesta la inquietud de fondo, nacida de la informalidad del trabajo generado, ¿existe  la seguridad social y de salud de los ciclistas de Rappi? ¿quíen y cómo las paga? La protesta de la semana pasada es  indicativa de que   ese vacío en un tema central es real.

Lo claro es que ese emprendimiento es bienvenido pero debe ser para beneficio  de empresarios, empresas productoras de los bienes vendidos y de sus consumidores, pero también de la ciudad; no puede ser exitoso económicamente y útil,  a costa de la sobreexplotación de su “fuerza de pedal” y del espacio público. El Estado debe revisar la situación y actuar  en defensa de esos dos derechos laborales y ciudadanos amenazados por el afán y la ambición económica  de Rappi, que pueden colocar su futuro en la cuerda floja.

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Rappi en la cuerda floja

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