Por: Mauricio Rubio

Rappicontratos no laborales

Un arcaísmo de izquierda es la distinción marxista entre asalariados y capitalistas, que al confundir servicios con industria obstaculiza el empleo.

Después de 30 años de trabajar para Apple, Jonathan Ive, diseñador conocido como iGod por sus creaciones —iPod, iMac, iPhone, iPad—, renunció para manejar su propio negocio, que tendrá como cliente al antiguo empleador. El fundamentalismo laborista estará pendiente de que la empresa le pague vacaciones, primas y horas extras.

Daniel Coronell, columnista dizque empleado de Semana, fue destituido por supuesta censura patronal. Retomó su tribuna gracias a un acuerdo cuyos términos jamás se sabrán pero que seguramente no salieron del código laboral. Como iGod, el esquema pactado por la multinacional periodística de Coronell con la publicación será una relación mercantil de servicios.

Rappi opera con contratos mucho más precarios, pero también voluntarios. Trata a los tenderos como “emprendedores independientes” aunque algunos de ellos muestren ex post marcado apego al esquema laboral con prestaciones: de haberlo exigido previamente no harían parte del servicio. Protestan y hacen plantones aupados por una élite progre que desde la barrera no arriesga nada. En redes sociales se dijo, difícil comprobarlo, que la app había bloqueado a los huelguistas y que la “hijueputez” capitalista del servicio a domicilio era equiparable a la de Transmilenio que no construyó baños para empleados en algunas estaciones.

La solidaridad con rappitenderos insatisfechos recuerda la que despertó la huelga de pilotos de Avianca, antítesis del trabajador explotado, que se extinguió antes de discutir cómo acabaron quienes sí estaban protegidos por un contrato laboral en una empresa con reglamento de trabajo, escalafón y sindicato. Tampoco ha habido alboroto por docentes de planta en universidades privadas, con contratos laborales a término, renovables anualmente. Es fácil imaginar la eventual reacción de esos centros de reflexión y diálogo cuando enfrenten manifestaciones públicas por bajos salarios o excesiva carga académica. El anticapitalismo no cuestiona los arreglos a destajo en tanques de pensamiento o medios de comunicación de vanguardia.

El asunto Rappi sorprende en una sociedad donde un altísimo porcentaje de la fuerza laboral es informal, sin salario mínimo, ni prestaciones, ni seguridad social. Thierry Ways asimila el arreglo a un intermediario que cobra por hacer mandados y trata de elucidar las razones para el rechazo. Plantea dos hipótesis: aversión a la eficiencia por economías de escala y tecnología o, simple y llanamente, tirria con el lucro ajeno por pura envidia. Este obstáculo al desarrollo tan pertinente como poco debatido, tal vez heredado de España, me intriga hace un tiempo y merece reflexión aparte.

Por ahora, aventuro conjeturas sobre otro legado hispano útil para desmenuzar el rappidrama. Los latinos padecemos la manía de entrometernos en asuntos ajenos para dar instrucciones. Llevamos en el corazón un cura, un burócrata y una maestra de escuela que sermonean sobre lo que debe hacerse y amonestan infractores o pecadores. Ese triunvirato mangoneador quisiera por sus consejos salario fijo con arandelas hasta pensionarse. Al llegar al anhelado empleo público manda hacia abajo y adula hacia arriba para conservarlo. Para trámites, “entre más ínfimo el cargo, más plenipotenciario el ocupante”.

En los debates, las tajantes indicaciones muestran la añoranza de un puesto con poder para construir la sociedad soñada. Por la justicia social, palo a las empresas e ilusiones con resentimiento al proletariado oprimido. No existen preocupaciones pedestres como producción y empleo: la consigna es igualdad o morir pobres. Por algo se admira más a Cuba que a la China.

Además de la academia que educa nuevas generaciones, ciertas profesiones exacerban el gusto por la política de escritorio que tanto impulsaron los foros virtuales y las redes sociales: filosofía, derecho, sociología e incluso economía que, poco empresarial, machaca directrices para alcanzar el equilibrio general.

El ejemplo más ilustrativo que recuerdo del “yo sí entiendo lo que les conviene a otros” fue un profesor universitario francés férreamente opuesto a que se levantara la prohibición de abrir comercios los domingos, atavismo religioso que impide redondear ingresos con empleos parciales. Cuando el entrevistador le recordó que él, docente investigador, trabaja los días festivos, por ejemplo leyendo, sentenció tranquilo: “La gente con malos salarios no toma buenas decisiones”. Es la misma actitud clasista y condescendiente de tener lástima por los rappitenderos pero no por Coronell, que sí pudo negociar un contrato no laboral satisfactorio.

Cualquier propuesta sobre Rappi, como aportes voluntarios para prestaciones, será vetada por las barras bravas, que hasta piden cobrar “externalidades sobre movilidad y seguridad vial”. Habrá escándalo porque la clientela recompense diferencialmente según la calidad del servicio. Esa flagrante discriminación agravará la desigualdad. Vendrán otros reparos: ¿por qué tan pocas rappitenderas? ¿Acoso de clientes y compañeros con masculinidad de explotador capitalista misógino? Aspirantes a ejercer sus dotes de supervisión y mando en la burocracia Humana tienen otro motivo para manufacturar un desastre: achacárselo a Duque.

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