Por: Juan Carlos Botero

Razones para el optimismo

LO MÁS DIFÍCIL EN ESTA ERA DE INcertidumbre mundial, cuando intentamos salir a flote de la peor crisis financiera desde 1929, y el fanatismo ensancha sus filas de extremistas, y las grandes potencias discuten sin grandeza temas como la inmigración, y los países ricos no asisten como deberían a los pobres, lo más difícil, repito, es encontrar razones para el optimismo.

Y más aún cuando aumenta la pobreza global. El Banco Mundial, armado con cifras corregidas de estudios previos, señala que la población que vive bajo el umbral de la pobreza (que subsiste con menos de 1,25 dólares al día) es de 1,4 mil millones de personas: 430 millones más de lo que se creía antes. O sea: más de la cuarta parte de la población de los países en vía de desarrollo. Hoy la India tiene más pobres que hace 25 años, y casi la mitad de la población de Colombia es pobre. Sin embargo, a pesar de esto hay razones para el optimismo.

Por primera vez en la historia más de la mitad de los países del mundo tienen un sistema democrático. En 1900 no había un solo país que se podía considerar una democracia, tal como se entiende en la actualidad. En cambio, como señala Fareed Zhakaría en su libro The Future of Freedom, hoy más del 62% de los países son democráticos. Es decir: nunca antes el individuo había tenido tanta libertad o influencia en el diseño de su vida, ni tanto poder en el proceso decisorio, ni había dispuesto de tantos recursos para defenderse de los abusos del Estado o de los poderosos. Una prueba de este proceso es la internet. Incluso hoy quienes viven bajo dictaduras tienen más opciones de ver la otra cara de la moneda: la libertad y sus beneficios. Y eso ayudará a deshacer, poco a poco, las murallas de la represión.

Además, la democracia ha triunfado. Es el sistema político victorioso luego del fracaso de los demás tipos de gobierno, como el fascismo y el comunismo. Aún subsisten tiranías, desde luego, pero éstas parecen en vías de extinción, porque la democracia no es sólo una forma de gobierno; hoy es una forma de vida. Antes, unos pocos controlaban la política y la economía. Hoy, cualquier fondo de pensiones supera las mayores fortunas, y los pueblos trazan, cada vez más, el rumbo de su destino.

No sólo eso. Por primera vez en la historia los niños se educan con conciencia ecológica. Aún estamos a tiempo de atajar la depredación de la naturaleza, y es probable que estos ciudadanos del futuro, educados con conceptos nuevos (como el calentamiento global), serán líderes distintos. A tal punto que en las contiendas electorales el tema verde figura en la agenda de casi todos los candidatos: algo inconcebible hace una década.

Para rematar, la ciencia aporta inventos que no sólo mejoran la calidad de vida de la gente. Quizá pronto veremos motores que marchan con energía limpia. Y desastres como el vertido de BP en el Golfo de México servirán para diseñar métodos seguros de explotación de los recursos naturales. Cada día más gente tiene acceso a la educación, a la seguridad, a la justicia, y una meta tan increíble como ser feliz, antes un privilegio de pocos, hoy es posible para millones de personas. No podemos bajar la guardia, pero existen menos razones para ser pesimistas, y eso ya es algo admirable.

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