Por: Nicolás Uribe Rueda

Reagan y Betancur

En algún momento me dio en la vida por leer todas las biografías de los presidentes norteamericanos que cayeron en mis manos. En este periplo biográfico me enredé, entre otros, con Franklin, Lincoln, los Roosevelt, Nixon y Kennedy. He disfrutado como nada estos viajes por la vida de quienes, para bien o para mal, incidieron de manera determinante en la configuración del mundo tal y como hoy lo conocemos.

Reagan ha sido caso aparte para mí, pues, como con Churchill, me he empeñado casi que obsesivamente no solo en leer sus biografías, sino también en conseguir sus voces, videos, frases célebres y fotografías. De Reagan hay muchas cosas entretenidas para leer y otras de difícil digestión como su Diario; libro de letra menuda, de esos que espantan con su sola apariencia a los lectores y que, pese a su valor político e histórico, puede ser tedioso si no se sazona con una o varias fuentes complementarias que contribuyan a endulzar cada episodio.

Así llegué a la anotación del día 3 de diciembre del año 82, donde Reagan hace referencia a su visita a Bogotá. Si bien la nota es amable y concluye afirmando que considera a Betancur como un amigo, años más tarde en su autobiografía Reagan escribe que el presidente “había dejado en claro que a los colombianos no les gustaba que se les tomara por descontado”. Había pues algo que faltaba contar en esta historia. Es más, medios internacionales informaron que, durante el brindis de bienvenida, Betancur planteó la corresponsabilidad en el problema de la droga, se había quejado por las políticas proteccionistas y concretamente solicitaba no aislar a Nicaragua, como se había hecho ya con Cuba en el pasado. The New York Times tituló “Reagan criticized by Colombia Chief on visit to Bogota” y el presidente norteamericano, oyendo a Betancur, decidió improvisar sus palabras y debió empezar diciendo: “You have spoken frankly. Now let me do the same”.

Años más tarde, durante un desliz ocurrido en medio de un evento cultural, tuve la oportunidad de contar momentáneamente con el interés del presidente Betancur y no aguanté la tentación de preguntarle su versión en relación con estos hechos. Sin perder la serenidad, pero con indignación, me contó que Colombia en aquel entonces había sido víctima de una afrenta insoportable. Y narró la forma en que la embajada norteamericana había pedido para estudio sus palabras, aquellas que pronunciaría durante la recepción que tendría lugar en la Casa de Nariño. No recuerdo bien si me dijo que había enviado todo o parte del discurso para satisfacer la curiosidad del visitante. En todo caso, un par de horas más tarde, el Gobierno colombiano fue informado de que, salvo que se hicieran unas correcciones —que de paso se incluían de una vez como amables sugerencias—, el presidente Reagan, que venía ya volando desde Brasil, seguiría de largo sin detenerse y culminaría anticipadamente su viaje en Centroamérica.

Betancur contó entonces cómo había despachado sin contemplación alguna semejante petición y recomendado a Reagan que mejor no aterrizara en Bogotá si quería venir en esos términos. Pasaron momentos de incertidumbre antes de una nueva comunicación. Al fin, se informó desde el avión presidencial que la visita seguía en pie. La luna de miel en las relaciones entre Estados Unidos y Colombia había terminado casi sin empezar y la historia de los desencuentros políticos posteriores entre ambos gobiernos es de público conocimiento. Solo hasta 1985 Betancur pisó la Casa Blanca.

@NicolasUribe

 

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