Por: Antonio Casale

Real Tristeza

Siempre me ha simpatizado más el Real Madrid que el Barcelona.

Sin embargo, lo del sábado fue la demostración de que mientras el equipo culé juega con la tranquilidad con la que los Rolling Stones tocan Satisfaction, una de sus más legendarias canciones, la misma que interpretan hace casi cuarenta años, el merengue es en realidad el “Real Tristeza”. Es el fiel reflejo del accionar de su presidente-caudillo, Florentino Pérez, quien como tanta gente, cree que el dinero soluciona todos los problemas de la humanidad.

El problema no es que Bale sea un mal jugador. Ciertamente fue el mejor de la pasada Premier League inglesa, entre otros logros. El caso del galés tan solo es el reflejo de lo que pasa en el equipo. Por un lado, Bale no hizo pretemporada, recordemos que se negó a hacerla mientras su anterior equipo, el Tottenham Hotspur, negociaba su traspaso. Una actitud bastante reprochable de parte del jugador que, cual niño chiquito, pedía a gritos su juguete, al precio que fuera.

Pero más allá de eso, el Madrid no necesitaba a Bale. No tenía que gastarse cien millones de euros en un jugador cuya posición podía ser cubierta en el campo de juego por Di María, Cristiano, Özil u otros tres o cuatro que pueden jugar por un costado con gran suceso. El equipo de Ancelotti necesita menos caciques y más indios. Desde la partida de Makelele, el otrora equipo más grande del mundo no ha contado con ese volante cabeza de área capaz de asumir la responsabilidad del equilibrio en el medio. Al Madrid le faltan volantes que quiten el balón y también centrales, pero no. Esos no venden camisetas, los “picapiedras” no son ídolos de los niños ni atraen patrocinios y ese parece ser el verdadero interés de Florentino Pérez.

Bale es el síntoma, pero no la enfermedad. La enfermedad es la misma de varios años atrás. El Real Madrid es una constelación de estrellas que a nivel individual puede ganar partidos, pero no es un colectivo consolidado; lo peor, está muy lejos de serlo. El desequilibrio de su nómina condena a este equipo a frecuentes derrotas en los partidos definitivos, y eso, mientras la política institucional sea la misma, no va a cambiar.

Este Real Madrid encarna la tristeza del inconsciente colectivo, que intenta solucionar todos los males de la sociedad a punta de dinero. Tristemente el Barcelona, con su toque-toque aburridor, continúa siendo el referente de la escala de valores que debería regir a un mundo mejor, al menos en la cancha. Dueños de una gran técnica, sus jugadores demuestran que la solidaridad, el trabajo en equipo, el espíritu de competencia, a pesar de haberlo ganado todo, y la humildad, tanto en la victoria como en la derrota, parecen ser mejores referentes para la sociedad que la prepotencia que encarna el “Real Tristeza” de Florentino.

 

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