Por: Carlos Granés

Realidad o ficción

En 1999, con sólo ocho meses de diferencia, salieron al aire dos programas que afectaron profundamente los gustos y la sensibilidad de los espectadores, y que debido a su novedad e ímpetu han influido en el panorama cultural de la última década.

No fueron los pioneros en su género, pero sin duda fijaron un antes y un después e introdujeron en la conciencia de medio mundo el formato televisivo que representaban. Uno de ellos fue Gran Hermano, el reality por excelencia, esa casa sembrada de cámaras en la que convivía un grupo de bípedos implumes con ganas de aparearse, y el otro Los Soprano, la serie de HBO creada por David Chase sobre la vida familiar de un capo de la mafia ítalo-americana, que abrió posibilidades imprevistas para la televisión y atrajo, de paso, a grandes directores y guionistas.

Es una coincidencia que estos programas hayan salido al aire el mismo año, pues difícilmente se encuentran dos expresiones tan radicalmente opuestas de lo que puede ser la televisión. Mientras el reality se caracteriza por su aceptación del mundo tal como es, con sus banalidades cotidianas, su mediocridad e, incluso —y esta es la clave de su éxito—, su ordinariez, la teleserie ha revitalizado la ficción, recreando imaginativamente sociedades enteras y deslizando —como en el caso de The Wire o Black Mirror— profundas críticas al funcionamiento de sus instituciones.

La razón de esta diferencia se explica por sus respectivas genealogías. Los parientes lejanos de los realities son el readymade de Duchamp, las películas de Andy Warhol y los happenings, experimentos vanguardistas que introdujeron la vida real en los espacios donde se exhibía arte. Los referentes de las teleseries, por el contrario, son las grandes sagas literarias que se publicaron por entregas en el siglo XIX, como las novelas de Víctor Hugo, Balzac o Dickens, ambiciosas narraciones que usaban la historia y la vida como simple materia prima para la ficción. Mientras los vanguardistas, tratando de transformar la vida en arte, menospreciaron la imaginación y llenaron las galerías de vida cotidiana —orinales, animales, gestos, rutinas—, los novelistas del siglo XIX se empeñaron en lo contrario: negar la realidad anteponiéndole una ficción totalizadora, que recreaba sociedades enteras y desvelaba los dramas humanos que se incubaban en sus entrañas.

Esa tensión entre realidad y ficción no sólo se da en la televisión y el arte. El auge reciente del documental, que hasta la aparición de Michael Moore jamás se veía en cartelera, muestra que en el cine también se abre espacio a codazos la realidad. Y lo mismo en la narrativa, gracias a la nueva generación de cronistas que optan por describir realidades en lugar de inventar ficciones. Pero mientras el documental y la crónica pueden ser obras de gran calidad, el reality ha demostrado ser un subproducto barato. Ficción de primera y realidad de última, eso es lo que podemos ver hoy en televisión (en los museos contemporáneos ya ganó la realidad), lo cual demuestra que la caja tonta puede dejar de serlo si elegimos bien el canal.

 

*Carlos Granés

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Carlos Granés

Luis Miguel y las Torres Gemelas

El éxodo venezolano

Entre el cruzado y el pragmático

Moralitis y drogas ilegales