Atalaya

Realidades nuevas en odres viejos

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Conoce toda lengua una evolución natural que responde, en acompasado vaivén, a los cambios en la realidad social y vital de un pueblo.

Y esa variación de un idioma es resultado del capricho y de la espontaneidad popular o del ingenio de los escritores y de los filólogos; a veces pasan dichas variaciones por el tamiz de la academia y de la ortodoxia gramatical, y otras pasan sin filtro alguno, a fuerza de ser usadas, al habla común de una región o de toda la lengua.

Esta reflexión me viene hoy a las mientes y me empeño en traerla a cuento porque en su más reciente columna Santiago Gamboa escribió: «La microbiología enseña que esos son agentes patógenos, externos. Se alojan en el cuerpo y lo convierten en ‘hospedante’. Fea palabra que proviene del hecho de que, en español, la voz ‘huésped’ nombra solo a quien llega de visita, no a quien recibe, como en inglés o en francés». Fea palabra, estamos de acuerdo. Pero sólo en ese punto. Una rápida mirada al diccionario nos recuerda (o nos enseña) que el huésped —en su cuarta acepción, según la edición del diccionario de la Academia del año 92 que ahora tengo entre manos— es también la persona que hospeda en su casa a alguno. Pero para evitar la anfibología que puede producir el hecho de que denotemos con una misma palabra a la persona que aloja y a la persona alojada contamos en nuestra lengua con una palabra hermosa de viejo abolengo: hoste.

Hoste, palabra hermosa de encomiable sonoridad que pronuncio y se me queda en los labios; palabra de un malva medieval que me hace imaginar el descanso y la acogida tras la dura faena y la inagotable jornada; palabra que guarda hondas reminiscencias de peregrinos y romeros que encontraban generosa posada tras días luengos de marchas constantes. Posada, hermosa palabra también que, a fuerza de prodigarla, terminó convertida en apellido; apellido que me honro de tener en mi íntima prosapia.

El hoste, amigos míos, se dice de aquel que hospeda a otro, de aquel que lo alberga y le brinda posada, de aquel que prodiga todos los cuidados y todas las atenciones que reclama el deber sagrado de la hospitalidad. Y toda su parentela semántica, huelga decir, no es menos ilustre ni menos digna ni menos hermosa: huésped, hospedaje, hospitalidad, hospital...

Es labor de los escritores (o debiera serlo) proponer neologismos cuando una nueva realidad interpela a una sociedad o a un mundo, pero es también labor de los escritores (o debiera serlo) rehabilitar las viejas palabras —sobre todo si son hermosas— cuando esa misma realidad nos brinda la ocasión. Empacar —cuando se puede— realidades nuevas en odres viejos, como hacemos con el vino y con el coñac.

@D_Zuloaga, atalaya.espectador@gmail.com

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