Por: Columnista invitado

Realismo mágico

Ver cómo las series de los mágicos, esos mafiosos que de un día a otro pasaron de ser pobres a ser millonarios y no precisamente por ganarse el Baloto, tienen altos índices de sintonía, puede ser frustrante para algunos que ven este tipo de historias como apología de estos antihéroes estereotipados que han manipulado el país a punta de coca y metralla.

Cuesta reconocer que este tipo de historias gustan porque hacen parte del diario vivir de un país que lleva más de 60 años enmarcado en la violencia narco, fenómeno que no cuentan los libros, como si se negasen a reconocer esa Colombia mafiosa, corrupta y guerrerista que hace parte de nuestra realidad contemporánea.

En 1982 apareció la primera narcotelenovela, ‘La mala hierba’, basada en la primera novela de Juan Gossaín y protagonizada por Camilo Medina. Relataba la historia del “cacique Miranda”, comerciante de marihuana oriundo de un pueblo del Caribe colombiano y fue por mucho tiempo la producción más cara de la TV colombiana y a la cual algunos sectores del Estado trataron de censurar. Con el tiempo fueron llegando series como ‘El cartel de los sapos’, ‘Las muñecas de la mafia’ y, la más nefasta de todas, ‘El capo’ de RCN donde el actor Marlon Moreno era Pedro Pablo León Jaramillo, el primer y único narco con los ojos delineados de la televisión, secundado por un grupo de actores que más que actuar parecía que participaran en una parodia de mafiosos.

Hoy se emiten tres series con la misma temática: ‘El Mexicano’ y ‘Comando Élite’, de RCN, y la versión internacional de ‘Escobar’, de Caracol, que está nuevamente al aire más por contrarrestar la doble dosis narco de la competencia. Siendo ‘Escobar, el patrón del mal’, el último gran éxito televisivo que rompió todos los récords de sintonía en su primera emisión, estoy seguro que ‘El Mexicano’ de RCN ha sido una de las mejores realizaciones de los últimos años y sin duda la mejor de este género de mafiosos. Escrita por Mauricio Navas, uno de los grandes libretistas colombianos, su fotografía es impecable, la continuidad de las escenas es cuidadosa, tiene diálogos estructurados y los giros dramáticos de la historia son protagonistas en cada capítulo. Las actuaciones lideradas por Juan Sebastián Calero, quien da vida a Gonzalo Rodríguez Gacha, no tienen nada que envidiarle a la gran interpretación de Andrés Parra en ‘Escobar’; además, el ‘casting’ es mucho más serio y respetuoso con el televidente, pues muchos de los papeles secundarios son representados por actores de primera, no como en ‘Escobar’, donde muchos parlamentos trascendentales eran recitados por actores sin experiencia que parecían  haber sido elegidos más por como lucían sus músculos en manga sisa que por su nivel actoral. Los problemas de continuidad entre las escenas y muchos diálogos intrascendentes fueron errores que pasaron desapercibidos para un público y una crítica obnubilados con la novedad de ver en la pantalla la vida de quien fuera en su momento nuestro mayor verdugo.

Lo paradójico de todo esto es que mientras el país invierte millones de pesos en proyectar una buena imagen en el exterior, estas series que hablan del flagelo del narcotráfico logran altos niveles de sintonía en otros países, entreteniendo a un público a costa de contar las vidas de los mágicos y nuestro doloroso pasado.

 

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