Por: Nicolás Rodríguez

Rebaños

A diferencia de lo que puede leerse por aquí y por allá, no suena tan convincente que el pastor que trabaja como Concejal de Bogotá y se autodenomina “de la familia” esté peor de desatado que el procurador.

En realidad están sincronizados. Y no es que compartan la godarria, que por supuesto lo hacen; es que se copian las estrategias.

Cuando el pastor pide que se cancele la fiesta de Halloween e inmediatamente después le abren los micrófonos, llueven las entrevistas y aparecen los ofendidos (que rápidamente lo comparan con el procurador y le dibujan bigotitos nazis), lo mínimo que se puede hacer es no caer en la tentación de la rabia y el insulto. Desde luego, no es fácil. Para ser el que no gusta de disfraces, este de payaso le va muy bien. Pero la indignación, hay que decirlo, es un lujo caro. La rechifla colectiva de las redes sociales genera aplausos en las iglesias que ponen los votos.

Por la misma vía del procurador, que se pretende tan centrada en unos ideales conservadores, el pastor se agarra de lo que puede: cualquier causa que polarice. Sus convicciones morales tienen una gran virtud y es que están en función de lo políticamente incorrecto. Y eso por estos días es una bendición. Una suerte divina. Cualquier marcha progresista es buen lugar para lanzar arengas.

Con todo, que el pastor se venda al mejor postor sólo lo hace más impostor. Dicho sin jueguitos efectistas: el del político que pretende sacar ventaja de toda situación potencialmente ridícula es un caso perdido. Otra anécdota del mundillo de la política local. Pero si algo queda de tanta farsa, que sea la posibilidad de desmantelar, también, el ropaje pretendidamente legal con que el procurador ejerce sus funciones de control disciplinario. Pues es lo mismo. El procurador está haciendo política desde hace rato. Y tiene puesto un disfraz.

 

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