Por: Fernando Araújo Vélez

Rebeldes sin causa

Eran muchachos que no tenían ni idea de lo que querían para sus vidas.

Muchachos que ni siquiera habían sacado su licencia de conducción pues no pasaban de los 16 años, pero a hurtadillas sacaban el carro de sus padres para ir a jugarse sus destinos a más de 150 kilómetros por hora en las entonces vacías calles de la 116. Querían ser James Dean. Copiaban sus chaquetas de cuero con las solapas levantadas, su peinado semirrubio de copete alto, su mirada ausente y ese aspecto de no estar que mataba a las mujeres. Y cada noche, pasadas las 12, mientras hacían rugir los motores de sus bólidos, hablaban de la escena de Dean en Rebelde sin causa, aquella en la que apostaban de a dos contra un acantilado al que resistiera más tiempo encima de su auto.

En la Pepe Sierra no había acantilado, por supuesto, pero cada viernes y cada sábado, aquellos muchachos “rebeldes sin causa” juraban que hallarían un lugar para copiar, en serio, sus vidas de por medio, la apuesta de Dean. Mientras alguien lo encontraba, seguían con sus “piques”. Alineaban sus máquinas una al lado de la otra, en una imaginaria línea de partida. Nadie sabía qué les habían hecho durante la semana. Sin embargo, todos estaban convencidos de que aquellos autos habían sido envenenados para sus carreras. La pista era de cinco cuadras, con intersecciones incluidas. Si algún desprevenido señor surgía por una de aquellas oscuras calles, que Dios lo guardara en su reino. A él y al muchacho que se lo llevara. Pocas veces ocurrió, dirían ellos muchos años más tarde.

Hoy, la avenida de los “piques” está repleta de semáforos, de almacenes y restaurantes, de celadores vestidos de negro con perros bravos, de diseños sobre diseños sobre nuevas obras. Los viejos árboles, frondosos, altos, fueron derribados para darles paso a supuestos bulevares de cemento. Pasan las ciclas donde antes se besaban los enamorados, pasan las motos donde antes los obreros se inventaban un “picadito” antes del almuerzo. Hoy, los viejos rebeldes son señores de corbata. Algunos abandonaron sus “locuras” y ya ni las recuerdan. Otros siguieron siendo fieles a la revolución, a cualquier revolución. Le apostaron a la luna con su peace and love y sus carreras en la Pepe Sierra los fines de semana. Por lo menos llegaron hasta la 170.

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