Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Rebelión

Una efímera polémica desató hace unos meses la versión hecha por el medellinense J Balvin de la canción Rebelión, de Joe Arroyo, en el marco de la promoción de una cerveza. En el video personas de diferentes colores de piel, algunos disfrazados con trajes indígenas y africanos, bailan en Cartagena. El debate se centró en el desafortunado eslogan publicitario que afirmaba que Balvin era la “evolución” de Arroyo. Y, más al fondo, lo que resultó incómodo es que se usara sin reparo Rebelión, un testimonio de discriminación cantado por un hombre cuyos ancestros fueron esclavos, en una iniciativa de mercadeo que habla de armonía racial y folclor urbano. “Quiero contarle mi hermano un pedacito de la historia negra, de la historia nuestra”, canta Arroyo. La anécdota nos habla quizá de una de las paradojas colombianas: la convivencia de un racismo enraizado con una incapacidad para discutirlo, criticarlo o siquiera nombrarlo.

El color de la piel, y la referencia racial a la que alude, no son una característica objetiva de las personas, sino un producto de la interacción histórica entre poblaciones. La profesora Nancy Appelbaum nos explica cómo durante los siglos XIX y XX los colombianos mapearon la jerarquía racial en las diferentes regiones del país con un discurso que asocia ciertas regiones con el progreso y la “blancura”, mientras que otras regiones caracterizadas como “negras” o “indígenas” se asociaron con desorden y peligro. Pese a que hay gran diversidad en las formas de vivir lo negro y la etnicidad, en general estas poblaciones han sido históricamente marginadas en términos de inversión en infraestructura y poder político. En el caso de las comunidades indígenas, el propio Gobierno ha reconocido el incumplimiento sistemático de promesas estatales, así como que sus territorios siguen siendo asediados por el crimen organizado. Así, en días de la minga del suroccidente, en la que las autoridades indígenas protestan no solo exponiendo sus reivindicaciones, sino también sus visiones de país, emerge como nunca el racismo nacional.

Durante la reforma agraria de Lleras Restrepo, el entonces senador conservador Hugo Escobar (ministro de Justicia en el gobierno Turbay) afirmó que los “indígenas del Cauca” estaban infiltrados por Cuba, que no había que “dejarse engañar por supuestas razones ancestrales”. Dijo también que debería permitirse a propietarios disparar contra los invasores de la tierra en uso de la “legítima defensa”. Décadas después son parecidas las reacciones que la minga, una práctica histórica colectiva de movilización, despierta entre líderes de opinión y sectores del Gobierno. Hay quienes se preguntan por qué los indígenas se creen “con el derecho” de opinar sobre temas “nacionales”, como el modelo extractivo. Otros oscilan entre el menosprecio (no se les debe tomar en serio, no son racionales) y el temor (son peligrosos y hay que combatirlos como sea).

Diego Martínez Lloreda, director de información del periódico El País de Cali y ganador de importantes premios de periodismo, es uno de los líderes con declaraciones más racistas. Anunció, por ejemplo, que quiere ser indígena; “quiero hallar mis antepasados indígenas, reivindicar mis derechos como miembro de esa privilegiada comunidad. Estoy seguro de que me va mucho mejor si me reconocen como indígena que si me dan la nacionalidad española”. Luego, con la misma ironía, desplegó estereotipos: “Ya instalado en mi rancho, me consigo una ñapanga que me cocine, me lave la ropa, me bañe (…) me voy para donde un hacendado y le exijo, en reivindicación de mis derechos ancestrales, que me ‘devuelva’ un par de vaquitas y unas cuantas gallinitas (…) Y me siento a meditar sobre la madre tierra y sobre el hermano sol”.

Martínez (que es Lloreda y fue escogido como el columnista más influyente del Valle del Cauca) invitó al presidente a combatir a los manifestantes militarmente. Dijo que dialogar con indígenas es una “humillación” y explicó: “Tan agresiva es la actitud de los indígenas que ni siquiera tienen claro a qué se debe el bloqueo (…) Como ellos son indígenas e invocan a la madre tierra y a la pacha mama, poniendo cara de corderos degollados, nadie los puede tocar”.

 

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