Por: Nicolás Rodríguez

Reconciliación sin desaparecidos

A diferencia de otros delitos en que los hechos, los móviles y las circunstancias no dan lugar a mayores debates, la desaparición forzada, que ni siquiera existía formalmente en el lenguaje punitivo nacional antes del 2000, es una realidad sobre cuya existencia recaen todas las dudas. Anteriormente se hablaba apenas de secuestro.

Luego en materia de desaparecidos hay una historia sin contar. Una historia, además, que cuando ha sido abordada con rigor por valiosísimas asociaciones defensoras de víctimas, se la ha refutado o negado, si no es que amenazado. Una historia, entonces, que se mueve en los intersticios de la memoria y sus problemas para establecer verdades por todos compartidas.

Es por ello, también, que la ninguneada de Rafael Nieto Loaiza en el tema de los desaparecidos del Palacio de Justicia no sólo es un insulto a las víctimas y sus familiares, sino que es una tragedia para la memoria histórica. Al defender a los militares por sobre cualquier consideración de derechos humanos, el abogado escogido por el presidente Santos para tan turbios menesteres también hizo añicos la legitimidad del resto de los desaparecidos, que son miles.

Pues el del Palacio de Justicia es justamente uno de los casos emblemáticos que dieron origen a los activistas, movimientos y discursos que defienden los intereses de los desaparecidos. Al hacer como si no existieran por boca de un jurista con clara vocación para el negacionismo, el Gobierno que quiere hacer la paz torpedea su propio interés en la reconciliación.

¿Con quién es que nos pide, entonces, que nos reconciliemos el Estado colombiano? ¿Únicamente con la guerrilla (que también produjo, evidentemente, multitudes de desaparecidos)? ¿La de los desaparecidos no es la historia de los más de 30 años en estado de sitio? ¿Y la guerra sucia, la limpieza social, el aniquilamiento de la UP, las ejecuciones extrajudiciales, los falsos positivos? ¿De estos también nos va a defender Nieto Loaiza?

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