Por: Columnista invitado

Reconocimiento de la identidad

“¿A quién en Europa le puede importar lo que nos pasa?”, se lamentaba hace 15 años en las afueras de Diyarbakir un campesino kurdo expulsado de su aldea por la política de tierra quemada del Ejército turco.

El sureste de Anatolia era un campo de batalla, salpicado de puestos de control militares, y un paisaje rural vaciado a la fuerza de sus habitantes para privar de apoyo a la guerrilla del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). En las ciudades, donde se hacinaban los desplazados, la ley civil estuvo ausente dos décadas. El estado de emergencia regía para todos: civiles condenados en silencio, periodistas extranjeros expulsados...

La multitud que el jueves celebraba en un parque de Diyarbakir el adiós a las armas proclamado por Abdulá Ocalan intuía que —esta vez sí— puede ser el principio del fin. El que fuera “enemigo público número uno de la República” se ha erigido ahora en el principal mediador para la paz en el sureste de Anatolia.

En Turquía casi todos coinciden en que el encarcelado líder histórico del PKK ha tenido un papel determinante en la consecución de un cese de hostilidades con el gobierno de Ankara, en el que han intervenido los servicios de inteligencia turcos y representantes del Partido de la Paz y la Democracia, el nacionalismo kurdo con representación parlamentaria. “Ocalan parece sincero y Erdogan ha aceptado el diálogo, pero nadie sabe qué harán los comandantes de la guerrilla en las montañas del Kandil (norte de Irak)”, advertía hace una semana un alto diplomático de la Unión Europea en Estambul.

El anuncio de Ocalan responde al patrón de un alto al fuego unilateral, con el repliegue de los 5.000 guerrilleros independentistas kurdos desplegados en el territorio turco y su acuartelamiento más allá de la línea fronteriza iraquí. No hay una contrapartida explícita por parte de Recep Tayyip Erdogan. Tan sólo el llamamiento de Ocalan a la construcción conjunta entre turcos y kurdos de una salida democrática al conflicto. Pero, sin duda, los cientos de miles de personas que el jueves celebraban en Diyarbakir el Nevruz, el Año Nuevo kurdo, confían en que el gobierno turco cumpla su promesa —como ya han filtrado algunos medios turcos— de hacer un reconocimiento expreso de la identidad cultural kurda en la nueva constitución que se está redactando en el Parlamento de Ankara.

“Los kurdos comparten demandas básicas, como el derecho a usar su lengua materna en la educación y en los servicios públicos”, precisa un reciente informe de International Crisis Group. Erdogan también es consciente de que el éxito de la autonomía kurda en el norte de Irak y el previsible futuro autogobierno de los kurdos en Siria obligarán más pronto que tarde a Turquía a negociar alguna fórmula de descentralización para el sureste de Anatolia.

 

*Juan Carlos Sanz

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