Por: Ana María Cano Posada

Reconstrucción o reacción

LA LIBERTAD DE PRENSA FUE OBJETO de culto esta semana. Nadie duda que su ausencia es síntoma de desahucio para una sociedad. Pero la libertad de prensa es también la que ella tiene de escoger y de asumir su responsabilidad, de tomar en su mano, en su mirada y en su voz, aquello que sí importa y que debe volverse público.

En esta misma semana en la que cayó Osama bin Laden, en la que se casaron William y Kate en Inglaterra, en la que se conoció en Colombia la mafia de corrupción de saqueadores de la salud del Ministerio de Protección Social, en la que suspendieron al alcalde de Bogotá y detuvieron a su hermano Iván, queda claro qué diferencia el periodismo colombiano del que se hace en países en los que la opinión está bien formada. En Estados Unidos o en Inglaterra, por ejemplo, el eje informativo es la reconstrucción, tomar un hecho como punta de lanza para hacer pedagogía sobre los acontecimientos con una perspectiva completamente desplegada sobre qué significa lo que pasó. Un ejemplo de reconstrucción fueron las ediciones especiales sobre Osama y sobre la Boda Real en el canal internacional de la BBC, en donde más allá de la anécdota descubrieron la historia de estos dos hechos.

Colombia no usa el periodismo de reconstrucción sino el de reacción. De hecho en los consejos de redacción de medios audiovisuales o impresos se oye mucho la asignación de “reacciones al hecho”. Como si no existieran antecedentes, ni archivos, ni consecuencias, ni investigaciones, ni fuentes científicas que den dimensión a lo que se está informando sino sólo caras de funcionarios reconocibles, con una opinión inmediata como reacción.

Sería demostrativo si en esta misma semana los observatorios de medios, de organizaciones de prensa o de facultades de periodismo, hicieran un barrido sobre lo que Colombia ha informado, en especial en televisión, sobre el invierno. El espectáculo escueto del desastre, ese en el que la naturaleza apabulla toda ínfula aparece en uno y otro canal nacional, sin librarse ninguno, como un sinfín con efecto de hipnosis porque ningún televidente puede quitar la mirada ante una inundación o ante una imagen flagrante de la tragedia por el drama que entraña. Esto es lo que ha salido como información cada día y noche para llover sobre mojado, como si condujera a alguna parte esta quejumbre. Pero es la impotencia infinita la que transmite esta falta de imaginación periodística.

Existe una pregunta flotante sobre este desastre: cómo los ecosistemas han sido agredidos. Tenemos expertos que pueden explicar lo que ha pasado con el clima, con la biodiversidad perdida; hay un archivo visual sobre cómo eran estos lugares antes de lo ocurrido. Y cómo fueron los inviernos que Colombia encaró antes de éste. Y los desarrollos ancestrales, o las previsiones que los aborígenes tuvieron. Pero lo que pasa en este invierno y en nuestra información es que todo pasa porque pasa, sin que se aprenda de lo que pasa, sin que se construya. Sin que podamos reconstruir a partir de la prensa sino sólo reaccionar. Como hace ella. La prensa colombiana hace un escaso uso de su libertad.

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