Por: Arturo Charria

Reconstruir los puentes

Cuando Europa pensaba que las guerras en el continente sólo se leerían en los libros de historia, estalló la guerra de los Balcanes, en la antigua Yugoslavia. La confrontación, que comenzó en 1991 y terminó en diciembre de 1995, dividió al antiguo país comunista en seis Estados soberanos. El mundo pudo ver las consecuencias de esa guerra por las cadenas de noticias que transmitían en directo y a través de los refugiados que cruzaban las fronteras con el miedo en la mirada.

Europa veía impotente, una vez más, cómo un nuevo genocidio dejaba millones de muertos: croatas, serbios y musulmanes buscaban ser mayoría en cada fracción del territorio en disputa y, para lograrlo, estaban dispuestos a negar la existencia del otro, borrar su cultura, suprimir sus derechos y hasta aniquilarlo. La fórmula de odio se repetía con la espectacularidad que producen las nuevas armas y las imágenes a color.

La guerra fue atroz: masacres, violaciones masivas, desplazamientos, torturas y campos de concentración demostraron al mundo que la paz de Europa es frágil cuando el nacionalismo y las diferencias étnicas se acentúan. En medio de este repertorio de horror, hay un caso que resulta interesante, se trata de la destrucción del “Puente Viejo” o “Puente de Mostar”, ubicado en la pequeña ciudad de Mostar, en Croacia. El puente, construido en el siglo XVI por los otomanos, era un símbolo para la comunidad musulmana y también permitía comunicar las dos partes de la ciudad que divide el río Neretva. Durante siglos este puente fue un símbolo de la convivencia entre serbios, croatas y musulmanes. El 9 noviembre de 1993 el puente fue destruido; se calcula que fue impactado por la artillería de los tanques bosnio-croatas en más de 60 oportunidades. La intensidad bélica sobre el Puente Viejo hacía evidente que no se trataba de un accidente, sino de un mensaje: aislar a parte de la población y eliminar el mayor símbolo de la población musulmana.

Cuando terminó la guerra, el puente comenzó a ser reconstruido, pero no se reemplazó por uno nuevo, sino que buscó ser reparado a través de la técnica de construcción otomana del siglo XVI. Levantar de nuevo el puente tenía como propósito reparar la convivencia y las relaciones sociales que intentaron borrarse durante la guerra. Por eso era importante entender la reconstrucción del puente más allá de la función concreta que este cumple en cuanto al tránsito de personas, y comprender lo que dicho tránsito implica en tanto reconocimiento y relaciones con los que están del otro lado.

En Colombia la guerra destruyó cientos de puentes, muchos de los cuales han sido reconstruidos en su materialidad, pero son estructuras de cemento que comunican territorios sin comunidad. Cortázar escribió en Rayuela, para hablar del amor, que ningún puente se sostiene de un solo lado y esa metáfora resulta necesaria en Colombia para pensar en los caminos que necesitamos transitar para hablar de reconciliación.

De nada sirve reconstruir una y otra vez los puentes caídos durante la guerra si la sociedad no los transita de nuevo y se relaciona con esos otros que, del otro lado, se piensan como distintos, o incluso como adversarios. Ahí está el reto de palabras como reconciliación y convivencia, que hacen parte del discurso de la paz, pero que resultan tan difíciles de materializar. 

@arturocharria

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