Por: Manuel Drezner

Recordando a Isaac Stern

Se cumple en estos días el aniversario de la muerte del gran violinista Isaac Stern y vale la pena no sólo recordarlo, sino rememorar también cómo era la música en Bogotá en otros tiempos.

Porque la música en Bogotá era de una actividad continua y hubo una increíble semana en la que en una sala de conciertos se presentaba Isaac Stern y en otra, al día siguiente, tocaba Yehudi Menuhin. Mano a mano de violinistas fue apodada esa serie de conciertos (porque en esas épocas no existía eso de que un músico llegaba, tocaba y se iba), sino cuando llegaba a nuestras alturas, tocaba y tocaba. ¡Y qué conciertos los de esos dos! Sonatas de Beethoven, Partitas de Bach, la Sonata para violín solo de Bartok que había sido encargada por Menuhin y obras similares eran parte de sus programas. En resumidas cuentas, los bogotanos pudimos gozar en esos breves días no sólo el oír a dos de los más grandes violinistas de la historia, sino también unos programas que reunían de lo mejor del repertorio violinístico.

Stern volvió otra vez a la ciudad y en esa segunda ocasión tocó con la Sinfónica los conciertos de Beethoven y de Brahms un programa de gran altura, que pocos concertistas se atreven. Después vino la larga crisis económica en que estamos y ya no volvieron sino ocasionalmente músicos como esos, pero los recuerdos de esa época los atesoran los amantes de la música de Bogotá.

Stern continuó tocando, y fue declarado violinista emérito porque su labor se extendió no sólo a la interpretación de la música, sino también a la enseñanza y a obras de mérito, como la que encabezó cuando se puso al frente de la campaña para salvar el legendario Carnegie Hall de Nueva York, que iba a ser reemplazado por un edificio de oficinas. Una vez salvado, Stern estuvo igualmente al frente de la iniciativa para que esa sala de conciertos se pusiera al alcance de instrumentistas jóvenes, con lo cual hizo una labor de divulgación que aún se recuerda. Por tanto, la muerte de Stern deja un vacío en el mundo de la música, no sólo por sus cualidades de concertistas, sino por la inmensa labor que hizo para su enseñanza y su difusión. Quizá para cobrarle el que nunca quisiera tocar en Alemania, algunos antisemitas baratos sacaron su veneno al morir Stern, pero ese fue un caso aislado de lo que en buen castellano se llama “mala leche”. De resto, el mundo de la música echa de menos a Stern. Hace mucha falta.

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