Por: Claudia Morales

Recordando a Sergio Urrego

“—Así que ustedes ayudaron a que se matara Francisco.

 —Él se mató solo, no estaba hecho para aguantar este mundo. Y el que no aguante, que se salga del camino”.

Este diálogo está en la página 75 del libro Mariposas verdes, escrito por Enrique Patiño, y hace parte del proyecto sobre el matoneo creado por el cineasta Gustavo Nieto Roa, quien produjo una película con el mismo nombre. La historia recoge hechos denunciados en los medios, testimonios y tragedias derivados de la crueldad que viven los jóvenes en los colegios sin distinción de estrato. El libro y la película retratan la crueldad, la ignorancia y la ausencia de tolerancia, empatía y respeto por las formas distintas de pensar y decidir.

El libro es una carta y su protagonista se llama Mateo, un joven de 17 años que le escribe a un estudiante con quien tuvo su primera relación homosexual. Estaban en el mismo colegio y en el mismo salón. Y se querían. Mateo cuenta cómo era su vida, el sufrimiento por la separación de sus padres, la adoración por su abuelita, lo que leía, su anarquía de pensamiento, sus deseos y el infinito desprecio por un colegio con su rectora incluida, porque allí patrocinaban el matoneo y aplastaban la libertad.

Las dos frases al comienzo de la columna corresponden a lo que Mateo le dice a la rectora cuando sabe que un compañero llamado Francisco se suicidó. Él también era víctima del matoneo de los estudiantes poderosos y protegidos por el colegio, quienes jamás, por ese caso ni por otras humillaciones evidentes, tuvieron ningún llamado de atención. El colegio borró el nombre del joven muerto exigiendo silencio sobre el tema.

A Mateo lo odia Bárbara, la rectora, por ateo, contestatario, inteligente y, después, porque descubre que tiene una relación homosexual. Es decir, Mateo era matoneado por el grupito detestable que encontramos en los colegios y por las autoridades académicas. Su desespero y una cotidianidad solitaria lo llevan a escribir la carta del libro para luego ir a la azotea de un centro comercial y suicidarse.

Mateo se me parece a Sergio Urrego, estudiante de grado 11º en el colegio católico Gimnasio Castillo Campestre, y Bárbara, a la rectora de ese plantel, Azucena Castillo. Y el relato del libro y de la película es exacto al trato inhumano y degradante como el que le dieron a Sergio en ese lugar y que lo llevó a lanzarse de la terraza del centro comercial Titán Plaza, en Bogotá, el 4 de agosto de 2014.

La Organización Mundial de la Salud ha revelado que cada 40 segundos, en alguna parte del mundo, una persona se suicida. Es una cifra inútil si vemos que una investigación sobre el tema publicada el martes pasado en Estados Unidos, basada en información de los Centros para la Prevención y el Control de Enfermedades, muestra que la tasa de suicidio entre adolescentes aumentó entre 2010 y 2015, luego de que había disminuido por casi dos décadas. Un elemento de profundo análisis luego de encuestar 500.000 jóvenes entre los 13 y los 18 años fue el matoneo que, sobra decir, toma una forma macabra en los colegios.

El poderoso que oprime al débil ha sido la regla del comportamiento de la humanidad desde siempre. La pregunta que debemos hacernos padres de familia, educadores y jóvenes es hasta cuándo y qué tiene que ocurrir para que no haya un Sergio Urrego más. Mariposas verdes, desde la literatura y el cine, deja otro nudo en mi corazón. Uno más ante la impotencia que tantas veces he sentido.

* Periodista.

@ClaMoralesM

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Claudia Morales

Mis dos personajes del año

Ante la ausencia de ética y moral

¡Es un chisme! No importa, mátenlos

Los dejaron morir

¿Seremos capaces de evitar la catástrofe?