Recordar es vivir

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A raíz de mi columna de la semana pasada, en la que dije que había que ir más allá de los marbetes políticos, unos amigos me preguntaron amablemente si en serio yo creía que las nociones de izquierda, centro y derecha habían caducado. A lo que respondí que no. Primero, por autoprotección: a cuántos académicos no he visto proclamar con gran entusiasmo su final, para encontrarse al día siguiente con que los principales actores del sistema político estaban usándolas para definirse. Segundo, porque creo en la evidencia: en todo el mundo la identificación en el eje izquierda-derecha está dando muestras de renovada vitalidad.

Ese espectro es, pues, un índice importante; no menos, pero tampoco más, que eso. Decir que alguien está en “el centro” o “a la derecha” es un poco como ponerse una cita diciendo: “nos vemos en Chapinero”. La probabilidad de encontrarse es aún muy baja. Basta con ver la experiencia histórica para entender que hay izquierdistas que han sido una bendición para sus países y otros, un desastre. ¿Candidatos a la primera categoría? Los uruguayos José Batlle y Pepe Mujica, el boliviano Evo Morales, el comunista italiano Enrico Berlinguer, los socialdemócratas suecos. En la otra podrían estar personajes como Maduro o, mucho peor, el genocida camboyano Pol Pot. Algo análogo puede decirse de los centristas. Centrista convicto y confeso fue Carlos Lleras. ¿Los estadounidenses Franklin Delano Roosevelt o Lincoln cabrían en la izquierda o en el centro? Pero centristas fueron también Andrés Pastrana, esa agresiva nulidad, y junto con él los que encabezaron toda la serie de horrores que vivió nuestro país hasta que llegó Álvaro Uribe: pues, como otros innovadores genuinos, este significa tanto una culminación como un comienzo. Incluso para la derecha tengo contraejemplos: el general Park en Corea del Sur impulsó y profundizó una reforma agraria muy radical, mucho más de lo que se ha siquiera planteado en nuestro continente, poniendo así en movimiento un extraordinario proceso de desarrollo acelerado.

A eso se refería mi observación sobre los marbetes: en ciertas coyunturas críticas, de pronto sea mucho más fácil conversar en serio y ponerse de acuerdo sobre X o Y problemas concretos que sobre los marbetes.

Estas no son cavilaciones del todo ociosas. A veces saber ponerse de acuerdo es importante. A veces hacerse querer es importante: ¿no constituye eso una destreza política fundamental? A veces hacer gala del simple buen sentido darwiniano —sobrevivir es chévere— es prioritario. ¿Ejemplos? Un frío noviembre como este nació en Alemania (1918) la República de Weimar. Su dura historia estuvo marcada por dos grandes partidos obreros (socialdemócratas y comunistas) que se odiaban apasionadamente entre sí. Weimar también abrigó múltiples matices de centristas, los cuales tenían pánico tanto de socialdemócratas como de comunistas. Y había una cantidad de corrientes de derecha, algunas más agresivas y excluyentes que otras, que competían ferozmente por una misma base.

Estas gentes tenían grandes razones para recelar de las demás. Los comunistas decían que los socialdemócratas eran idénticos a Hitler: el término oficial era “socialfascistas”. Los socialdemócratas y liberales tampoco eran la mata de la amabilidad. Creo que fue el clásico de las ciencias sociales Max Weber quien dijo de los dos líderes comunistas tempranos, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, que el primero debería estar en un asilo y la segunda en un zoológico (las y los lectores podrán sacar sus conclusiones de esta diciente dicotomía).

Tenían, pues, todas las razones del mundo para no quererse. Muchas más, ciertamente, que diferentes corrientes en nuestro contexto. También tenían otras muy, MUY simples —como seguir en el juego— para converger. Sólo que se dieron cuenta de lo segundo demasiado tarde. Llegó Hitler y arrambló con todo: rojos, rosados, verdes y azules.

Obvio, cada experiencia histórica es única. Hitler lo era. Pero si hay una derecha extremista buscando perpetuarse en el poder, es bueno acordarse de cositas como estas.

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