Rectificaciones

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La crisis del coronavirus ha adquirido una nueva faceta. Las decisiones que fueron impulsadas por el pánico y los falsos dilemas necesitan mayor racionalización y manejo.

En esta nueva fase se requiere una mayor coordinación entre los aspectos epidemiológicos, matemáticos y económicos. Hoy en día los problemas están más en las medidas para enfrentar la pandemia que en la misma pandemia. Así, los desaciertos en el manejo de la ecuación que define la curva distanciaron excesivamente el pico de la curva y lo tornaron incierto. El aplanamiento de la curva mediante cuarentenas y protocolos improvisados ha tenido resultados muy distintos a los previstos. Los errores de las proyecciones se salen de las normas de probabilidad. Primero se decía que el pico se lograría en mayo, luego en julio y ahora la simple aritmética anticipa que no se alcanzará en agosto.

Las determinaciones económicas requieren una mejor cuantificación, proyección y reconocimiento de las condiciones particulares del país. Las medidas son copiadas de los países desarrollados sin mayor adaptación a las realidades propias. Por ejemplo, la confinación se justificó en estudios económicos de prestigiosos organismos internacionales que predecían que el efecto de la cuarentena sobre el ahorro podía ser sustituido por endeudamiento externo y déficits fiscales financiados con títulos de ahorro. Se predecía que en tales condiciones el aislamiento ocasionaría una caída de la producción que se recuperaría en pocos meses. Tan solo en marzo y abril, ante las monumentales caídas registradas en los departamentos de estadística, se entró en razón. Los monumentales déficits fiscales, que superan con creces la experiencia de los últimos cincuenta años, no evitaron las caídas del empleo y la producción, que llegaran en el presente año a 15 % y 10 %.

El bajo ahorro y el cuantioso déficit en cuenta corriente configuraron de tiempo atrás un desbalance interno entre el gasto y el producto nacional, que no puede ser contrarrestado por la tasa de interés y el déficit en cuenta corriente financiado con títulos de ahorro. La reducción del ahorro ocasionada por la cuarentena amplió la diferencia entre el gasto y el producto nacional y tiene como contraparte el disparo del desempleo. El enorme destrozo del empleo, que ha significado la pérdida de ocho millones de puestos de trabajo, fue la consecuencia del modelo económico de la apertura y de la descoordinación macroeconómica. Estamos, sin duda, ante la mayor crisis del medio siglo precipitada por desaciertos en la concepción y el manejo de la economía.

La verdad es que la crisis nacional de la economía se encuentra más en las condiciones previas y el manejo de la pandemia. Sin embargo, no se advierte voluntad política para modificar el modelo que causó los daños estructurales. En el programa fiscal de mediano plazo tan solo se plantea un déficit fiscal de 5,1 % del PIB, que seguramente se ampliará y se financiará con las privatizaciones de las empresas públicas. Lo cierto es que la recuperación en 2021 no será siquiera la mitad de la caída del 2020. Luego de dos años de caída de la producción, elevado desempleo y déficits cuantiosos en balanza de pagos, la economía se verá maltrecha sin medios para avanzar. El país solo podrá recuperar las tendencias históricas de la producción, reducir el desempleo y mejorar la distribución del ingreso con un nuevo modelo de superávit de la balanza de pagos.

Las mayores dificultades del país se encuentran en el modelo económico que viene de atrás y en el estado de la salud pública. La recuperación dependerá de la capacidad de rectificar y calibrar las políticas epidemiológicas y erradicar las deficiencias estructurales de la economía.

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