Por: Tulio Elí Chinchilla

Recuerdos de Luis Uribe Bueno

CON POCA REMEMBRANZA SE CUMplieron diez años de la partida del maestro Luis Uribe Bueno.

Fecundo en canciones populares, obras musicales sofisticadas y gustosos arreglos orquestales, el maestro se destacó por su invaluable aporte y defensa de la música tradicional andina colombiana.

Con la sensibilidad que trajo de su tierra nortesantandereana y después de ser contrabajista en la orquesta tropical de Lucho Bermúdez en Bogotá, vino a Medellín para quedarse y orientar por más de cincuenta años la cultura sonora de Antioquia y del país. Entonces nuestro bambuco tristón recobró alegría de serenata con El marco de tu ventana, al tiempo que sofisticaba su forma melódica y armónica con Reproche y el pasillo lírico ganaba romanticismo con Te extraño, Llámame y Qué importa. Se dice que la obra instrumental El cucarrón partió en dos la historia del pasillo fiestero: por su refinada elaboración se convirtió en reto de intérpretes virtuosos. Carlos Vieco —cenit de la música antioqueña— no dudó en señalar a Uribe Bueno como su compositor preferido.

El maestro puso su alta formación musical al servicio del cancionero popular y al mejoramiento estético de los intérpretes (solistas, duetos y tríos) de humilde estirpe, a quienes aportaba primorosos arreglos y les “pulía” la ejecución del repertorio. ¿Quién no recuerda las versiones de Espumas, Sabor de mejorana y Un tiple y un corazón, entre muchas, interpretadas por Garzón y Collazos? En manos de Luis Uribe Bueno los sabrosos aires folclóricos ganaban refinamiento técnico, pero sin el más mínimo irrespeto desnaturalizante (nada de disonancias exóticas o jazzistas). Era capaz de entrelazar la guitarra popular de Garzón y el rasgueado tiple de Collazos con un cuarteto de cuerdas o una pequeña orquesta de cámara que hacen recordar a Schubert. Ese mismo gusto exquisito con que aportó su guitarra o su tiple a algunas tonadas del dueto Obdulio y Julián en los años sesenta.

En el campo de la técnica, fue famosa su propuesta de escribir el bambuco en compás de seis octavos, preferiblemente al de tres cuartos. Con ello quería acentuar el sabor auténtico —originariamente bailable— de nuestro aire andino, como se toca en los Santanderes, Tolima, Huila y Cauca, y atenuarle el alambicamiento lírico (también valioso) con que se ejecuta en la región paisa.

Son memorables aquellos jueves en los que el maestro hacía didáctica de la música colombiana al nutrido público del Teatro Porfirio Barba Jacob de Medellín. Con ayuda de escogidos intérpretes, mostraba la diferencia entre el bambuco, el pasillo, la guabina y la riqueza sonora de un tiple, un requinto, una tambora, una zambumbia.

Como la mayoría de nuestros creadores musicales, Uribe Bueno llevó una existencia discreta, en condiciones modestas y sin asomo de soberbia. Nunca mostró intolerancia ni desprecio por tipos de música lejanos a los nuestros. Ya septuagenario manifestó su interés por el rock, música que despertaba su admiración, entre otras razones, por expresar la actitud “rebelde pero pacífica de nuestra juventud” (entrevista conservada por el Grupo Valores Musicales Regionales de la Universidad de Antioquia).

 

 

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