Por: Santiago Gamboa

Recuerdos del 2017

“Cada vez los años pasan más rápido”, oía yo decir de niño a los mayores, y ahora que yo también soy mayor, pasada la cincuentena (edad ideal según Pedro Camacho, autor de las radionovelas de La tía Julia y el escribidor), creo entender el motivo matemático de tal afirmación, y es que, a medida que uno avanza en el calendario, un año solar representa un porcentaje cada vez menor de nuestra vida, de ahí la percepción de mayor velocidad. Todo esto para decir que el 2017, para mi gusto, pasó demasiado rápido, tanto que casi ni lo vi. Sin embargo, al pensar en él, tengo mi propia colección de imágenes y recuerdos.

En primer lugar, y a pesar de no ser creyente, la inolvidable visita del papa Francisco, sobre todo porque no fue el típico viaje de un curita para hablar de catequesis, con su misal colgado al cuello, sino el de un hombre sabio y humanista que penetró en los verdaderos problemas de la sociedad colombiana, dando su apoyo al proceso de paz y alertando contra los males derivados de la desigualdad económica y la violencia.

En política, fue muy esperanzadora la entrada de las Farc al ruedo legal. Y si bien padecimos el oportunismo y la corrupción en torno a la paz, en el Congreso, también hubo avances, y eso se vio en el pronóstico electoral para el 2018. Tal como quedó definida la foto en los últimos sondeos (con lo variables que pueden ser), las fuerzas progresistas del Sí fueron siempre mayoría contra ese otro bloque que Samper llamó “el Uribe-Pastrana-popeyismo” del No, con todo y Vargas Lleras. Y monseñor Ordóñez de ñapa. Por otro lado fue patético ver cómo Uribe y ahora Pastrana se desvivieron por lapidar a Santos, con sus últimos cartuchos, pues saben que, al acabar su mandato, él será una figura internacional, premio Nobel de la Paz, mientras que ellos seguirán siendo expresidenticos de cuarta, válidos sólo de aderezo en la cazuela de mariscos criolla.

En fútbol, claro, registré la ardua clasificación de Colombia a Rusia, pero sobre todo la impresión patética del partido final de la Liga entre Millonarios y Santa Fé. Comprendí que el fútbol que se juega acá se hace con los que no han logrado irse a Europa o a Brasil y Argentina, o sea con los más malitos, y por eso es tan lamentable. Un rosario de empujones y patadas, donde casi ningún pase llega a un compañero y donde el tiempo se les va en caerse y levantarse del suelo, pues cada vez que dos se encuentran hay una falta y una pelea. Al revés del fútbol normal, aquí un penalti vale poco, ya que rara vez lo meten. Por eso es tan extraño, e incluso cómico, ver los increíbles medios técnicos y la locución especializada con que transmiten en TV esos pobres partidos. Es mejor oírlos en radio, disimulados por el entusiasmo del locutor.

En cuanto a los libros que más me gustaron de este año, hechos acá en Colombia y que quisiera recomendarle a los lectores exigentes y de buen gusto, me detengo en dos: de no ficción, Niebla en la yarda, de Estefania Carvajal, una crónica maravillosa, dividida en tres casos, de la vida carcelaria de los colombianos en Estados Unidos. Y en ficción, El diablo de las provincias, de Juan Cárdenas, quien está llevando a la novela por caminos cada vez más lejanos y solitarios.

 

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